Una de mis historias favoritas de pequeño es la historia de Daniel en el foso de los leones (Daniel 6). La prueba que enfrentó Daniel fue aterradora: ser lanzado a la trinchera con hambrientos leones para ser comido! Daniel fue enviado allí, no porque fuera culpable de algo, sino porque sus propios enemigos le tendieron una trampa que obligaría al rey Dario a enviarlo allí.
La trampa de sus enemigos fue solicitar al rey que firmase un decreto donde ordenara que todo ciudadano de su reino, tenía que dirigir sus oraciones exclusivamente al rey Dario y no a otro dios; de lo contrario le enviarían a las fieras. Esto hicieron porque sabían que Daniel oraba continuamente al Dios de los cielos. Sin embargo, cuando Daniel se enteró que el rey aceptó y firmó el decreto, … ¿qué hizo?
“…entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes.” (Daniel 6:10)
¡Cuánto valor el de Daniel en la prueba! Me pregunto ¿Qué habría hecho yo si me entero que, de continuar orando a mi Dios, me enviarían a los leones? ¿Qué habrías hecho tú? Esta historia es de mis favoritas, no por lo sorprendente de haber sido librado de los leones, sino por ¡la sorprendente confianza de Daniel en su Dios! ¡Daniel sabía en Quién creía, él fue un hombre de fe!
Pero también hay algo que admiro mucho más: ¡Cuánto amaba Daniel la oración! Daniel amaba más la oración que su bienestar. Daniel amaba más la comunión con su Dios que su propia vida. Prefirió negarse a rogar a dioses falsos aunque fuese echado al foso de los leones, antes que abandonar la comunión en oración con el Dios único y verdadero. Daniel prefería la muerte, antes que ser separado de su Dios.
Daniel entendió que, aquello que le pretendían quitar (la oración) era lo que finalmente le fortalecería en medio de la más fiera prueba. Nada traerá mayor confianza en la prueba que su comunión íntima con Dios!
De la misma manera vemos a nuestro Señor, quien en medio de la más dura prueba que enfrentó (ir a la cruz), no cesó de orar y rogar a su Padre para ser fortalecido. Más que Daniel, Jesús amó la oración! (Juan 12:27-28; Juan 17)
Si queremos estar preparados para enfrentar las pruebas de la vida, no podemos olvidar nuestra necesidad de permanecer en modo de oración. La vida del cristiano es continuamente asediada por el mal, por tanto no puede dejar de velar.
Disfrutemos de estas historias maravillosas de la Escritura, en la medida en que también somos exhortados con ellas. Sigamos el ejemplo de Daniel, pero más aún el de Cristo! Oremos para que, llegado el momento de la prueba, sepamos glorificar a Dios y de ser necesario, entregar aún nuestras propias vidas por amor a Aquel que entregó su vida por su pueblo.
Fraternalmente,
P. Juan
