La contemplación de Dios
Maestro : Óscar Mauricio Córdoba
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3).
Introducción
Continuemos pues deleitándonos en esta bendita gracia de conocer en intimidad desde ahora y por la eternidad a nuestro Dios Soberano y Perfecto en su ser. Luego de meditar en clases anteriores sobre algunas de las perfecciones de Dios en su carácter, es mi deseo con la ayuda del Santo espíritu adentrarnos en la Escritura (no hay otra fuente de revelación) para contemplar la grandeza de nuestro Dios lo cual nos llenará de gozo, paz, alabanza a su nombre, y nos llevará a la santidad.
Es necesario ir a la Santa Palabra con atención, intención santa y gratitud. Sin duda alguna es necesario intimidad con ese ser perfecto revelado en la Escritura el cual se ha dado a conocer en su plenitud en Jesús.
¿Podemos realmente encontrarnos con Dios y contemplar su ser?
Nuestro pecado nos impide encontrarnos con Dios y aunque somos los transgresores no podemos restaurar esta relación rota con Dios simplemente dejando de pecar. Hay un castigo que debe ser pagado. La Escritura establece los medios para esta restauración y es solo en Jesús que puedo ingresar confiadamente al trono de la gracia (Hb 4:16). Ahora teniendo claro que en Jesús podemos entrar en intimidad y contemplar su grandeza, preguntémonos: ¿debemos encontrarnos con Dios? ¿por qué deberíamos?
1. Contemplar a Dios me lleva a gozarme desde ahora de la vida eterna.
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn. 17:3).
El conocimiento de Dios y una relación con Él se desbordan en adoración a Él y gozo para el creyente que disfruta de su gracia.
2. Contemplar a Dios nos lleva a un conocimiento de nosotros mismos.
Conocer a Dios es vernos como se vio Isaías cuando dijo:
«¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio del pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Is. 6:5).
El mundo actual es el mundo de la psiquiatría y la psicología. Los hombres y las mujeres gastan miles de millones para conocerse a sí mismos, para comprender su psique. Es cierto que hay una necesidad de la psiquiatría, en particular de la psiquiatría cristiana. Pero esto por sí mismo no es suficiente si no lleva a las personas a un conocimiento de Dios contra el cual medir su propia valía y sus limitaciones. El conocimiento que tenemos de nosotros mismos mediante el conocimiento de Dios nos reafirma y nos satisface. Porque a pesar de lo que nos hemos convertido, todavía somos criaturas de Dios y Él nos ama. No existe una dignidad más alta que haya sido otorgada al hombre y a la mujer que la dignidad que la Biblia les otorga.
3. Contemplar a Dios nos brinda un conocimiento del mundo.
13 vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. 14 vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder (Mt 5:13,14).
Nos muestra su putrefacción, desventura, miseria y condenación. Nos mueve a la misericordia y al deseo de hablar de Cristo a un mundo en tinieblas que tropieza en su caminar insensato y desafiante a su Creador lo cual traerá condenación eterna.
4. Contemplar a Dios conduce a la santidad.
Este es un propósito que el hombre natural no desea. Conocer a Dios tal como es, es amarlo como es y desear ser como Él es. Este es el mensaje de uno de los versículos bíblicos sobre el conocimiento de Dios más importantes. Jeremías, el antiguo profeta de Israel, escribió:
«No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová» (Jer. 9:23-24).
Jeremías también escribió acerca de un día en el que aquellos que no conocen a Dios llegarían a conocerle.
«Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado» (Jer. 31:34).
5. Contemplar a Dios nos da poder para vencer.
Nosotros somos débiles, pero como escribió Daniel:
«el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará» (Dn. 11:32).
La Iglesia de hoy en día no es poderosa, tampoco tenemos muchos cristianos poderosos. Podemos encontrar la causa en la ausencia de un conocimiento espiritual serio. ¿Por qué la iglesia es débil? ¿Por qué las personas cristianas son débiles? Es porque han permitido que sus mentes se conformen al «espíritu de esta época», con su pensamiento mecanicista y ajeno a Dios. Se han olvidado cómo es Dios y lo que ha prometido a aquellos que confían en Él.
¿Deseamos un ejemplo? No hay ejemplo mejor que el de Daniel. Daniel y sus amigos eran hombres temerosos de Dios en el medio hostil de la antigua Babilonia. Eran esclavos, buenos esclavos. Servían en la corte. Pero las dificultades comenzaron cuando se negaron a obedecer las órdenes que fueran contrarias a las del Dios verdadero a quien conocían y adoraban. Cuando Nabucodonosor obligó a todos a adorarle y postrarse delante de la estatua que él había levantado, los amigos de Daniel se negaron. Cuando durante treinta días se abolieron las oraciones a cualquiera que no fuera el rey Darío, Daniel siguió haciéndolo como había hecho hasta entonces: oraba a Dios tres veces al día desde su ventana. ¿Qué les pasaba a estos hombres? ¿No sabían prever cuáles serían las consecuencias? ¿Creían que su desacato sería pasado por alto? De ningún modo. Conocían las consecuencias, pero también conocían a Dios. Podían ser poderosos, confiando en que Dios haría con ellos su voluntad, la salvación o la destrucción en el foso de los leones o en el horno de fuego ardiendo. Estos hombres dijeron:
«He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado» (Dn. 3:17-18).
Conclusión:
Es necesario amados hermanos en tiempos malos como los presentes que el creyente en Cristo pida a Dios sabiduría y disposición para, cerrada la puerta en intimidad, nos adentremos en contemplar la grandeza de nuestro Dios y vivir así vidas que le agraden y glorifiquen su nombre.
