Es triste, de hecho, encontrar a tantos cristianos profesantes que parecen considerar la ira de Dios como algo por lo que necesitan disculparse o que, al menos, desearían que no hubiera tal cosa. Mientras que algunos que no irían tan lejos como para admitir abiertamente que lo consideran una mancha en el carácter divino, están lejos de considerarlo con deleite; les gusta no pensar en ello y, rara vez, escuchan mencionarla sin que se levante un resentimiento secreto en sus corazones contra este atributo. Incluso, entre aquellos que son más sobrios en su juicio, no son pocos los que parecen imaginar que existe una severidad acerca de la ira divina que la hace demasiado aterradora para constituir un tema de contemplación provechosa. Otros albergan el engaño de que la ira de Dios no es consistente con su bondad y, por eso, buscan desterrarla de sus pensamientos.
Dios no oculta los hechos
Sí, hay muchos que se alejan de una visión de la ira de Dios como si fueran llamados a mirar alguna mancha en el carácter divino o alguna mancha en el gobierno divino. ¿Pero qué dicen las Escrituras? Cuando nos enfocamos en ellas encontramos que Dios no ha hecho ningún intento por ocultar los hechos relacionados con su Ira. Él no se avergüenza de hacer saber que la venganza y la furia le pertenecen a Él. Su propio desafío es:
“Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano. Porque yo alzaré a los cielos mi mano, y diré: Vivo yo para siempre, si afilare mi reluciente espada, y echare mano del juicio, yo tomaré venganza de mis enemigos, y daré la retribución a los que me aborrecen” (Dt. 32:41).
Un estudio de la concordancia mostrará que hay más referencias en las Escrituras acerca del enojo, la furia y la ira de Dios, que a su amor y a su ternura. Porque Dios es santo, Él odia todo pecado; y porque Él odia todo pecado, su enojo arde contra el pecador (Sal. 7:11).
Ahora, la ira de Dios es tanto una perfección divina como lo es su fidelidad, poder o misericordia. Tiene que ser así porque no hay mancha alguna, ni el más mínimo defecto en el carácter de Dios; ¡sin embargo, lo habría si la “ira” estuviese ausente en Él! La indiferencia al pecado es una mancha moral y aquel que no odia el pecado es un leproso moral. ¿Cómo podría Él, que es la suma de toda excelencia, mirar con igual satisfacción la virtud y el vicio, la sabiduría y la locura? ¿Cómo podría Él, que es infinitamente santo, ignorar el pecado y negarse a manifestar su “severidad” (Ro. 11:22) hacia él? ¿Cómo podría Él, que se deleita sólo en lo que es puro y hermoso, no detestar y odiar lo que es impuro y vil? La naturaleza misma de Dios hace que el infierno sea una necesidad real como requisito imperativo y eterno, como lo es el cielo. No sólo no hay imperfección en Dios, sino que no hay perfección en Él que sea menos perfecta que otra.
La ira de Dios es su aborrecimiento eterno de toda injusticia. Es el desagrado y la indignación de la equidad divina contra el mal. Es la santidad de Dios puesta en acción contra el pecado. Es la causa que mueve esa sentencia justa que Él dicta contra los malhechores. Dios está enojado contra el pecado porque es una rebelión contra su autoridad, un mal cometido contra su soberanía inviolable. A los que se rebelan contra el gobierno de Dios, se les hará saber que Dios es el Señor. Se les hará sentir cuán grande es esa Majestad que desprecian y cuán terrible es esa amenaza de ira que tan poco consideraban. No es que la ira de Dios sea una represalia maligna y maliciosa que inflige daño sin razón o a cambio de la ofensa recibida. No, aunque Dios vindicará su dominio como gobernador del universo, no será vengativo.
Esa ira divina es una de las perfecciones de Dios, no sólo es evidente por las consideraciones presentadas anteriormente, sino que también está claramente establecida por las declaraciones expresas de su propia Palabra. “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo” (Ro. 1:18). Robert Haldane comenta sobre este versículo de la siguiente manera:
“[La ira] fue revelada cuando se pronunció, por primera vez, la sentencia de muerte, a la tierra maldijo y el hombre fue expulsado del paraíso terrenal y, luego, con ejemplos de castigo como los del Diluvio y la destrucción de las ciudades de la llanura por el fuego del cielo; pero, especialmente, por el reinado de la muerte en todo el mundo. [La ira] fue proclamada en la maldición de la Ley sobre cada transgresión e intimada en la institución del sacrificio y en todos los servicios de la dispensación mosaica. En el octavo capítulo de esta epístola, el Apóstol llama la atención de los creyentes sobre el hecho de que toda la creación fue sujetada a vanidad, y gime y sufre dolores de parto. La misma creación que declara que hay un Dios y publica su gloria, también prueba que Él es el enemigo del pecado y el Vengador de los crímenes de los hombres…
Pero, sobre todo, la ira de Dios fue revelada desde el cielo cuando el Hijo de Dios descendió para manifestar el carácter divino y cuando esa ira fue manifestada en sus sufrimientos y muerte, de una manera más horrible que todas las señales que Dios mostró antes debido a su desagrado contra el pecado. Además de esto, el castigo futuro y eterno de los malvados, ahora es declarado en términos más solemnes y explícitos que antes. Bajo la nueva dispensación, hay dos revelaciones dadas desde el cielo, una de ira, la otra de gracia”.
Una vez más, que la ira de Dios es una perfección divina, queda claramente demostrado por lo que leemos en Salmos 95:11: “Por tanto, juré en mi furor que no entrarían en mi reposo”. Hay dos ocasiones en que Dios hace “juramento”: Al hacer promesas (Gn. 22:16) y al pronunciar juicios (Dt. 1:34). En el primer caso, jura en misericordia a sus hijos; y en el segundo caso, Él jura privar a una generación malvada de su herencia, debido a la murmuración y la incredulidad. Un juramento es para la confirmación solemne de alguna cosa (He. 6:16). En Génesis 22:16, Dios dice: “Por mí mismo he jurado”. En Salmos 89:35 declara: “Una vez he jurado por mi santidad”. Mientras que en Salmos 95:11 afirma: “Juré en mi furor [ira]…” (Sal. 95:11). Así, el gran Jehová apela a su “ira” como una perfección igual a su “santidad”: ¡Él jura por una, tanto como por la otra! Nuevamente, como en Cristo, “toda la plenitud de la deidad reside corporalmente en él” (Col. 2:9) y como todas las perfecciones divinas son mostradas ilustremente por Él (Jn. 1:18), por lo tanto, leemos de “la ira del Cordero” (Ap. 6:16).
La importancia de reflexionar sobre la ira de Dios
La ira de Dios es una perfección del carácter divino sobre la que necesitamos meditar con frecuencia. En primer lugar, la ira de Dios conduce a nuestros corazones a estar debidamente impresionados por el aborrecimiento del pecado por parte de Dios. Siempre somos propensos a considerar el pecado a la ligera, a pasar por alto cuan detestable es y a poner excusas con respecto a él. Pero cuanto más estudiemos y reflexionemos sobre el aborrecimiento del pecado por parte de Dios y su espantosa venganza sobre él, es más probable que nos demos cuenta de su atrocidad. En segundo lugar, la ira de Dios nos conduce a tener un verdadero temor a Dios en nuestras almas: “Tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12:28-29). No podemos servirle “aceptablemente”, a menos que exista una “reverencia” debida a su terrible Majestad y “temor piadoso” a su justa ira; y estos sentimientos se desarrollan mejor al recordar frecuentemente que “nuestro Dios es fuego consumidor”. En tercer lugar, la ira de Dios nos conduce a disponer nuestras almas en ferviente alabanza por haber sido liberados de “la ira venidera” (1 Ts. 1:10).
Nuestra disposición o nuestra renuencia a meditar sobre la ira de Dios, se convierte en una prueba segura de la verdadera actitud de nuestros corazones hacia Él. Si no nos regocijamos, realmente, en Dios, por lo que Él es en Sí mismo y eso debido a todas las perfecciones que residen eternamente en Él, entonces, ¿cómo habita el amor de Dios en nosotros? Cada uno de nosotros necesita estar más en oración, en guardia contra la idea de idear una imagen de Dios en nuestros pensamientos que siga el modelo de nuestras propias inclinaciones malvadas. En la antigüedad, el Señor se quejó diciendo: “Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21). Si no nos regocijamos con “la memoria de su santidad” (Sal. 97:12), si no nos regocijamos por saber que un Día que viene pronto, Dios hará una demostración gloriosa de su Ira al vengarse de todos los que ahora se oponen a Él, es una prueba clara de que nuestros corazones no están sujetos a Él, que todavía estamos en nuestros pecados y que estamos en camino a las llamas eternas.
La justicia de Dios ejercida a través de su Ira
“Alabad, naciones, a su pueblo, porque él vengará la sangre de sus siervos, y tomará venganza de sus enemigos,…” (Dt. 32:43). Y de nuevo leemos:
“Oí una gran voz de gran multitud en el cielo, que decía: ¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. Otra vez dijeron: ¡Aleluya!” (Ap. 19:1-3).
Grande será el regocijo de los santos en ese día cuando el Señor vindique su majestad, ejerza su terrible dominio, magnifique su justicia y derroque a los orgullosos rebeldes que se han atrevido a desafiarlo.
“JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?” (Sal. 130:3). Bien puede, cada uno de nosotros, hacer esta pregunta, pues está escrito: “No se levantarán los malos en el juicio” (Sal. 1:5). ¡Cuán dolorosamente fue ejercitada el alma de Cristo con pensamientos acerca de Dios mirando las iniquidades de su pueblo cuando fueron puestas sobre Él! Estaba entristecido y angustiado (Mr. 14:33). Su terrible agonía, su sudor de sangre, sus fuertes gritos y súplicas (He. 5:7), sus reiteradas oraciones (“Si es posible, que pase de mí esta copa”), su espantoso último grito (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”), todo manifiesta la horrible comprensión que tenía de lo que significa para Dios “mirar a las iniquidades”. ¡Bien pueden los pobres pecadores gritar: “Señor, quién podrá sostenerse en pie”, cuando el Hijo de Dios mismo, tembló bajo el peso de su Ira! Si tú, mi lector, no has “huido en busca de refugio” en Cristo, el único Salvador, “¿cómo harás en la espesura del Jordán?” (Jer. 12:5).
“Cuando considero cómo la mayor parte de la humanidad abusa de la bondad de Dios, no puedo dejar de pensar que: El milagro más grande del mundo es la paciencia y la generosidad de Dios para con un mundo ingrato. Si un príncipe tiene un enemigo que se metió en una de sus ciudades, éste, en lugar de enviarle provisiones, por el contrario, asedia el lugar y hace lo que puede para matarlo de hambre. Pero el gran Dios, que podría llevar a todos sus enemigos a la destrucción, sin embargo, los soporta y los mantiene a su costo, diariamente. Bien puede Él ordenarnos que bendigamos a los que nos maldicen, pues Él mismo hace el bien al malvado y al ingrato. Pero no piensen pecadores, que escaparán así; el molino de Dios va lento, pero muele finamente; cuanto más admirable es ahora su paciencia y generosidad, más terrible e insoportable será esa furia que surge de su abusada bondad. Nada más tranquilo que el mar, sin embargo, cuando se agita en una tempestad, nada se enfurece más. Nada tan dulce como la paciencia y la bondad de Dios, y nada tan terrible como su Ira cuando se enciende”31.
Por tanto, “huye”, mi lector, huye a Cristo; huye de la ira venidera (Mt. 3:7), antes de que sea demasiado tarde. Te suplicamos, sinceramente, que no supongas que este mensaje está destinado a otra persona. ¡Es para ti! No te contentes con pensar que ya has huido a Cristo. Sino, ¡asegúrate de ello! Ruego al Señor que escudriñe tu corazón y te lo muestre a ti mismo.
Una palabra para los predicadores
Hermanos, ¿en nuestro ministerio oral, predicamos sobre este solemne tema, tanto como deberíamos? Con frecuencia, los profetas del Antiguo Testamento decían a sus oyentes que sus vidas malvadas provocaban al Santo de Israel y que estaban atesorando para sí mismos, ira para el día de la ira. ¡Y las condiciones en el mundo no son mejores ahora que entonces! Nada está tan bien calculado como para despertar a los descuidados y hacer que los profesantes carnales busquen en sus corazones, como lo es entender el hecho de que “Dios está airado contra el impío todos los días” (Sal. 7:11). El precursor de Cristo advirtió a sus oyentes “a huir de la ira venidera” (Mt. 3:7). El Salvador les ordenó a sus oyentes: “Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed” (Lc. 12:5). El apóstol Pablo dijo: “Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres” (2 Co. 5:11). La fidelidad exige que hablemos tan claramente sobre el infierno, así como sobre el cielo.
