La naturaleza divina
En los estudios anteriores, hemos revisado algunas de las maravillosas y hermosas perfecciones del carácter divino. De esta débil y defectuosa contemplación de sus Atributos, debería ser evidente para nosotros, todo lo que Dios es: Primero, un Ser incomprensible y, maravillados ante su infinita grandeza, ser constreñidos a adoptar las palabras de Zofar: ¿Puedes encontrar a Dios con tu búsqueda? ¿Puedes comprender al Todopoderoso a la perfección? “Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, y más ancha que el mar” (Job 11:8-9). Cuando volvemos nuestros pensamientos a la eternidad de Dios, su Inmaterialidad, su Omnipresencia, su Poder absoluto, nuestras mentes quedan abrumadas.
El estudio de la deidad
Pero la incomprensibilidad de la naturaleza divina, no es una razón por la cual deberíamos desistir de la investigación reverente, ni de los esfuerzos de oración para comprender lo que Él ha revelado con tanta gracia de Sí mismo en su Palabra. Debido a que no podemos adquirir el conocimiento perfecto, sería una locura decir que, por lo tanto, no haremos ningún esfuerzo para comprender a Dios. Bien se ha dicho que:
“Nada ampliará tanto el intelecto, nada magnificará tanto el alma del hombre, como una investigación devota, sincera y continua sobre el gran tema de la Deidad. El estudio más excelente para expandir el alma es la ciencia de Cristo y de Él crucificado, y el conocimiento de la Divinidad en la gloriosa Trinidad” (C.H. Spurgeon).
Citemos un poco más de este príncipe de los predicadores:
“El estudio apropiado del cristiano es la Divinidad. La ciencia más elevada, la especulación más elevada, la filosofía más poderosa que puede atraer la atención de un hijo de Dios es el nombre, la naturaleza, la persona, las obras y la existencia del gran Dios al cual él llama su Padre. Hay algo que mejora enormemente el entendimiento en la contemplación de la Divinidad. Es un tema tan vasto que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo que nuestro orgullo se ahoga en su infinidad. Hay otros temas que podemos comprender y abordar; y en ellos sentimos una especie de satisfacción personal y continuamos por nosotros mismos con el siguiente pensamiento: “Miren que sabio soy”. Pero cuando llegamos a esta ciencia maestra, descubrimos que nuestra sonda no puede estimar su profundidad y que nuestro ojo de águila no puede ver su altura, nos alejamos con el siguiente pensamiento: “No soy más que lo que era ayer y, a la verdad, no sé nada”.
Sí, la incomprensibilidad de la naturaleza divina debería enseñarnos humildad, precaución y reverencia. Después de todas nuestras búsquedas y meditaciones, tenemos que decir con Job: “He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de él!” (Job 26:14). Cuando Moisés rogó a Jehová para ver su gloria, Él le respondió: “Proclamaré el nombre de Jehová delante de ti” (Éx. 33:19) y como alguien ha dicho: “El nombre es la colección de sus Atributos”. Con razón, el puritano John Howe declaró:
“Por tanto, la noción que podemos formarnos de su gloria es como tener un breve resumen de un libro muy voluminoso o como observar un pequeño paisaje de un país gigantesco. Él nos ha dado un verdadero informe de Sí mismo, pero no completo; el cual es suficiente para darnos seguridad y guiarnos lejos del error, pero no de la ignorancia. Podemos aplicar nuestras mentes en contemplar las diversas perfecciones por las cuales el bendito Dios nos descubre su Ser y, en nuestros pensamientos, podemos atribuirlas todas a Él, aunque todavía no tenemos sino conceptos bajos y defectuosos de cada una de estas perfecciones. Sin embargo, en la medida en que nuestra comprensión pueda corresponder con el descubrimiento que Él nos brinda de sus varias excelencias, tendremos una visión correcta de su gloria”.
De hecho, la diferencia entre el conocimiento de Dios que tienen sus santos en esta vida y el que tendrán en el cielo es grande, no obstante, el conocimiento presente no debe ser subvalorado porque sea imperfecto y el conocimiento que tendrán en el cielo no debe ser magnificado por encima de la realidad. Es cierto que la Escritura declara que le veremos “cara a cara” y “conoceremos” como somos conocidos (1 Co. 13:12), pero inferir de esto que, entonces, conoceremos a Dios tan completamente como Él nos conoce a nosotros, es ser engañado por el simple sonido de las palabras y no tener en cuenta la restricción de ese conocimiento, debido a que somos seres finitos. Hay una gran diferencia entre que los santos sean glorificados y que sean hechos divinos. En su estado glorificado, los cristianos seguirán siendo criaturas finitas y, por lo tanto, nunca podrán comprender completamente al Dios infinito.
“Los santos en el cielo verán a Dios con el ojo de la mente porque Él siempre será invisible para el ojo corporal. Lo verán más claramente de lo que podrían verlo por la razón y la fe, y más ampliamente de lo que todas sus obras y dispensaciones lo habían revelado hasta ahora. Pero sus mentes no estarán tan ampliadas como para ser capaces de contemplar, a la vez o en detalle, toda la excelencia de su naturaleza. Para comprender la perfección infinita, deben volverse infinitos ellos mismos. Incluso en el cielo, su conocimiento será parcial, pero al mismo tiempo, su felicidad será completa porque su conocimiento será perfecto en el siguiente sentido: Que será adecuado a la capacidad de la persona, aunque no alcanzará la plenitud del objeto conocido. Creemos que este conocimiento será progresivo y que, a medida que los puntos de vista de ellos se expandan, la bendición de ellos aumentará. Pero nunca alcanzará un límite más allá del cual no haya nada que descubrir y cuando, edades tras edades, hayan pasado, Él seguirá siendo el Dios incomprensible” (John Dick).
En segundo lugar, de una revisión de las perfecciones de Dios, se hace evidente que Él es un Ser completamente suficiente. Él es todo suficiente en Sí mismo y para Sí mismo. Como el Primero de los seres, no podía recibir nada de otro, ni estar limitado por el poder de otro. Siendo infinito, posee toda la perfección posible. Cuando el Dios Trino existía solo, Él era todo para Sí mismo. Su comprensión, su amor, su energía encontraron un objeto adecuado en Sí mismo. Si hubiera necesitado algo externo, no habría sido independiente y, por lo tanto, no habría sido Dios. “Todo fue creado por medio de él y para él” (Col. 1:16), sin embargo, no fue para suplir una falta, sino para poder comunicar la vida y la felicidad a los ángeles y a los hombres, y admitirles a la contemplación de su gloria. Es cierto que Él exige la lealtad y los servicios de sus criaturas inteligentes, sin embargo, Él no obtiene ningún beneficio por sus servicios; todo el beneficio es para sus criaturas (Job 22:2-3). Él hace uso de medios e instrumentos para lograr sus fines, pero no por una deficiencia de poder, sino, a menudo, para mostrar de manera más sorprendente su poder a través de la debilidad de los instrumentos.
Su tierna misericordia es mejor que la vida
La suficiencia total de Dios, lo hace ser el Objeto supremo que siempre se debe buscar. La verdadera felicidad consiste sólo en el disfrute de Dios. Su favor es vida y su tierna misericordia es mejor que la vida misma. “Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré” (Lm. 3:24). Su amor, su gracia y su gloria son los principales objetos del deseo de los santos y los manantiales de su mayor satisfacción.
“Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro. Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto” (Sal. 4:6-7).
Sí, el cristiano, cuando está en su sano juicio, puede decir:
“Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:17-18).
El Dios de la creación
En tercer lugar, de una revisión de las perfecciones de Dios, se hace evidente que Él es el Soberano supremo del universo. Se ha dicho con razón:
“Ningún dominio es tan absoluto como el encontrado en la creación entera. Quien pudo no haber hecho nada, tenía el derecho a hacer todas las cosas según como le placiera. En el ejercicio de su poder incontrolado, ha hecho de algunas partes de la creación, una mera materia inanimada de textura más burda o más refinada, y distinguible por diferentes cualidades, pero todas inertes e inconscientes. Les ha dado orden a otras partes y las ha hecho susceptibles de crecimiento y expansión, pero aun así, sin vida en el sentido apropiado del término. A otros, les ha dado, no sólo orden, sino existencia consciente, órganos de los sentidos y fuerza motriz propia. A esto ha agregado, en el caso del hombre, el don de la razón y un espíritu inmortal, mediante el cual se une a un orden superior de seres que se ubican en las regiones superiores.
Sobre el mundo que ha creado, Él blande el cetro de la omnipotencia. “Alabé y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades. Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dn 4:34-35)” (John Dick).
Una criatura, considerada como tal, no tiene derechos. No puede exigirle nada a su Hacedor y, de cualquier manera que sea tratada, no tiene derecho a quejarse. Sin embargo, al pensar en el dominio absoluto de Dios sobre todo, nunca debemos perder de vista sus perfecciones morales. Dios es justo y bueno, y siempre hace lo correcto. Sin embargo, ejerce su Soberanía según su suprema y justa Voluntad. Él asigna a cada criatura su lugar, según como le parezca bien delante de sus propios ojos. Él ordena las variadas circunstancias de cada uno, según sus propios consejos. Él moldea cada vasija, de acuerdo con su propia determinación libre de influencias. Él tiene misericordia de quién quiere y a quién quiere endurece. Dondequiera que estemos, su ojo está sobre nosotros. Quienquiera que seamos, nuestra vida y todo está a su disposición. Para el cristiano, es un tierno Padre; para el pecador rebelde, Él seguirá siendo fuego consumidor. “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Ti. 1:17).
