Proponemos atraer al lector con otra de sus excelencias −de las cuales cada cristiano recibe innumerables pruebas−. Pasamos a considerar la tierna misericordia de Dios porque nuestro objetivo es mantener una proporción adecuada en el tratamiento de las perfecciones divinas, puesto que todos somos propensos a tener una visión unilateral de ellas. Debe mantenerse un equilibrio aquí (como en todas partes), tal como aparece en esas dos declaraciones de los atributos divinos: “Dios es luz” (1 Jn. 1:5) y “Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Los aspectos más serios e impresionantes del carácter divino se ven compensados por los más suaves y atractivos. Es una pérdida irreparable para nosotros si nos detuviéramos, exclusivamente, en la soberanía y majestad de Dios, o en su santidad y justicia. Necesitamos meditar frecuentemente, aunque no exclusivamente, en su bondad y misericordia. Nada que no sea una visión completa de las perfecciones divinas −como se revela en la Sagrada Escritura− debería satisfacernos.
Las innumerables bendiciones sobre el cristiano
Las Escrituras hablan de “la multitud de sus piedades” (Is. 63:7) y ¿quién es capaz de contarlas? El salmista dijo: “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia!” (Sal 36:7). Ninguna pluma de hombre, ninguna lengua de ángel, puede expresarlo adecuadamente. Por familiar como este bendito atributo de Dios pueda ser para las personas, aun así, es algo completamente único de la revelación divina. Ninguno de los antiguos soñó jamás con investir a sus “dioses” con una perfección tan entrañable como ésta. Ninguno de los objetos adorados por los idólatras actuales, posee gentileza y ternura; mucho más cierto es lo opuesto, como lo demuestran las horribles características de sus ídolos. Los filósofos consideran como una seria afrenta contra el honor del Absoluto, atribuirles a ellos tales cualidades. Pero las Escrituras tienen mucho que decir sobre la tierna misericordia de Dios o su favor paternal para con su pueblo, su tierno afecto hacia ellos.
La primera vez que se menciona esta perfección divina en la Palabra, es en esa maravillosa manifestación de la Deidad a Moisés, cuando Jehová proclamó su “Nombre”, es decir, Él mismo como se dio a conocer. “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Éx. 34:6), aunque con mucha más frecuencia, la palabra hebrea chesed, se traduce como “bondad” y “tierna misericordia”. En las Biblias en inglés, la referencia inicial en relación con Dios, es Salmos 17:7, donde David oró: “Muestra tus maravillosas misericordias, tú que salvas a los que se refugian a tu diestra”. Maravilloso es que Alguien, tan infinitamente superior a nosotros, tan inconcebiblemente glorioso, tan inefablemente santo, no sólo note tales gusanos de la tierra, sino que también ponga su corazón en ellos, entregue a su Hijo por ellos, envíe su Espíritu para morar en ellos y también que soporte todas sus imperfecciones y caprichos para no retirarles nunca su tierna misericordia.
Considere algunas de las evidencias y ejercicios de este atributo divino para los santos, “en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Ef. 1:5). Como muestra el versículo anterior, ese amor estaba prometido en su nombre, antes de que este mundo existiera. “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él” (1 Jn. 4:9), lo cual fue su asombrosa provisión para nosotros, las criaturas caídas. “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer. 31:3), a través de las operaciones regeneradoras de mi Espíritu, por el poder invencible de mi Gracia, creando en ti un profundo sentido de necesidad, cautivándote con mi atractivo. “Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia” (Os. 2:19). Habiéndonos hecho dispuestos para entregarnos a Él en el día de su poder, el Señor entra en un contrato de matrimonio eterno con nosotros.
Esta tierna misericordia del Señor nunca es quitada de sus hijos. A nuestra razón, puede parecer que sí, pero nunca lo es en realidad. Como el creyente está en Cristo, nada puede separarlo del amor de Dios (Ro. 8:39). Dios se ha comprometido, solemnemente, por un pacto y nuestros pecados no pueden anularlo. Dios ha jurado que si sus hijos no guardan sus mandamientos, visitará “con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades”. Sin embargo, agrega: “Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad. No olvidaré mi pacto” (Sal. 89:31-34). Observe el cambio de número de “su” (de ellos, referido al pueblo) a “su” de “Él”, referido a Cristo. La tierna misericordia de Dios hacia su pueblo se centra en Cristo. Debido a que la ejecución de su tierna misericordia es un compromiso de pacto, está frecuentemente vinculada a su “Verdad” (Sal. 40:11; 138:2), lo que demuestra que nos es dada por la promesa. Por lo tanto, nunca debemos desesperarnos.
“Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti” (Is. 54:10). No, ese pacto ha sido ratificado por la sangre del Mediador, por dicha sangre, la enemistad (ocasionada por el pecado) ha sido removida y la perfecta reconciliación ha sido efectuada. Dios conoce los pensamientos que tiene reservados para aquellos abrazados en su pacto y que han sido reconciliados con Él; es decir: “Pensamientos de paz, y no de mal” (Jer. 29:11). Por lo tanto, estamos seguros de que “mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo” (Sal. 42:8). ¡Qué palabra es ésta! No sólo que el Señor dará u otorgará, sino que ordenará su tierna misericordia. Es dada por decreto, otorgada por el compromiso real, así como Él también manda “salvación… bendición, y vida eterna” (Sal. 44:4; 133:3), lo cual anuncia que nada puede impedir estos dones.
La respuesta de los santos
¿Cuál debería ser nuestra respuesta? En primer lugar: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor” (Ef. 5:1-2). “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad” (Col. 3:12). Así fue con David: “Tu misericordia está delante de mis ojos, y ando en tu verdad” (Sal. 26:3). Él se deleitó al considerar esto. Al hacerlo, refrescó su alma y moldeó su conducta. Cuanto más nos ocupemos de la bondad de Dios, más cuidadosos seremos de nuestra obediencia. Las limitaciones puestas por el amor y la gracia de Dios son más poderosos para los regenerados que los terrores de su Ley. “¡¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas” (Sal. 36:7).
En segundo lugar, un sentido de esta perfección divina fortalece nuestra fe y promueve la confianza en Dios.
En tercer lugar, esto debería estimular el espíritu de adoración. “Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán” (Sal. 63:3. Ver también Sal. 138:2). En cuarto lugar, debería ser nuestra medicina cuando estamos abatidos. “Sea ahora tu misericordia [la misma palabra hebrea] para consolarme” (Sal. 119:76). Fue así con Cristo en su angustia (Sal. 69:17). En quinto lugar, debería ser nuestra súplica en oración: “Vivifícame conforme a tu misericordia” (Sal. 119:159). David apeló a este atributo divino para conseguir nueva fuerza y mayor vigor. En sexto lugar, deberíamos apelar a éste cuando nos hemos caído en el camino. “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia” (Sal. 51:1). Trata conmigo de acuerdo con el más gentil de tus atributos, haz de mi caso un ejemplo de tu ternura. En séptimo lugar, debería ser una petición en nuestras oraciones nocturnas. “Hazme oír por la mañana tu misericordia” (Sal. 143:8). Despiértame con mi alma en sintonía con ella y que mis pensamientos de vigilia sean acerca de tu bondad.
