Hacia “nosotros” significa hacia su pueblo. A pesar de que leemos del amor “que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:39), la Sagrada Escritura nada dice de un amor de Dios fuera de Cristo. “Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras” (Sal. 145:9), de modo que Él provee de comida a los cuervos. “Él es benigno para con los ingratos y malos” (Lc. 6:35) y su Providencia ministra a los justos y a los injustos (Mt. 5:45). Pero su amor está reservado para sus elegidos. Eso se establece inequívocamente por sus características, dado que los atributos de su amor son idénticos a Él mismo. Necesariamente es así porque “Dios es amor”.
El amor de Dios en Cristo
Hacer ese postulado no es más que otra forma de decir que el amor de Dios es como Él mismo, desde la eternidad y hasta la eternidad, es inmutable. Nada es más absurdo que imaginar que alguien amado por Dios pueda perecer eternamente o que experimente su venganza eterna. Como el amor de Dios es “en Cristo Jesús”, ese amor no fue atraído por nada en sus objetos [de amor], ni puede ser repelido por nada en, de o por ellos. “Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13:1). El “mundo” en Juan 3:16, es un término general, usado en contraste con los judíos y este versículo debe ser interpretado así para no contradecir Salmos 5:5; 6:7; Juan 3:36; Romanos 9:13.
El principal designio de Dios es exaltar el amor de Dios en Cristo porque Él es el único canal a través del cual fluye. El Hijo no ha inducido al Padre a amar a su pueblo, sino que fue su amor por ellos lo que lo llevó a dar a su Hijo por ellos. Ralph Erskine27 dijo:
“Dios ha usado una manera maravillosa de manifestar su amor. Para mostrar su poder, creó un mundo. Para mostrar su sabiduría, la puso en un marco que muestre su inmensidad. Para manifestar la grandeza y gloria de su nombre, Él hizo un cielo, y puso ángeles y arcángeles, principados y potestades en él. Para manifestar su amor, ¿qué no hizo? Dios ha usado una grandiosa y maravillosa manera de manifestarlo en Cristo: Su persona, su sangre, su muerte y su justicia”.
“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén… para la gloria de Dios” (2 Co. 1:20). Como fuimos elegidos en Cristo (Ef. 1:4), como fuimos aceptados en Él (Ef. 1:6), como nuestra vida está escondida en Él (Col. 3:3), así también somos amados en Él −“el amor de Dios que es en Cristo Jesús”− sí, en Él como nuestra Cabeza y Esposo, por eso, nada nos puede separar de Él porque esa unión es indisoluble.
El amor de Dios hacia los santos
Nada emociona tanto el corazón de los santos como una contemplación espiritual del amor de Dios. Mientras está meditando, él es elevado fuera y por encima de su miserable yo. Una percepción de credibilidad llena al alma que se renueva de santa satisfacción y le hace tan feliz como es posible de este lado del cielo. Conocer y creer en el amor que Dios tiene hacia mí, me resulta en un fervor y un anticipo del cielo mismo. Dado que Dios ama a su pueblo en Cristo, no lo hace por amabilidad o porque se sienta atraído por ellos: “A Jacob amé”. Sí, a aquel que naturalmente era poco atractivo, sí, el despreciable Jacob −el “gusano de Jacob”−. Como Dios ama a su pueblo en Cristo, su amor no se regula por cuanto fruto lleven, sino que su amor siempre es el mismo. Como los ama en Cristo, el Padre los ama como a Cristo. Llegará el momento en que la oración de Cristo será respondida: “Para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn. 17:23). Sólo la fe puede comprender esas maravillosas cosas porque ni el razonamiento ni los sentimientos pueden hacerlo. Dios nos ama en Cristo. ¡Qué deleite infinito tiene el Padre al contemplar a su pueblo en su amado Hijo! Todas nuestras bendiciones fluyen de esa preciosa fuente.
El amor de Dios a su pueblo no comenzó ayer. No comenzó con el amor de su pueblo hacia Él. No, “nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). Nosotros no le damos a Él primero para que Él pueda volvérnoslo nuevamente. Nuestra regeneración no es el motivo de su amor, sino que su amor es la razón por la cual Él nos renueva según su propia imagen. A menudo, la primera manifestación de su amor aparece cuando sus escogidos, lejos de estar buscándolo, están en el peor momento.
“Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía” (Ez. 16:8).
A menudo, sus objetos [de amor], no sólo están en su peor momento cuando el amor de Dios se les revela por primera vez, sino que, en realidad, están haciendo lo peor, como en el caso de Saulo de Tarso. El amor de Dios, no sólo precede al nuestro, sino que también fue transmitido desde su corazón hacia nosotros, mucho antes de que fuéramos liberados del poder de las tinieblas y trasladados al Reino de su amado Hijo. No comenzó en el tiempo, sino que existe desde la eternidad. “Con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3).
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:10). Es claro por esas palabras que Dios amaba a su pueblo mientras estaban en un estado natural, destituidos de toda gracia, sin una partícula de amor hacia Él o fe en Él; sí, mientras ellos eran sus enemigos (Ro. 5:8, 10). Claramente, eso ahora me impone una obligación mil veces mayor de amarlo, servirlo y glorificarlo que si Él me hubiera amado por primera vez cuando inclinó mi corazón hacia Él. Todos los actos de Dios a su pueblo en el tiempo, son las expresiones del amor que les tuvo desde la eternidad. Es porque Dios nos ama en Cristo y lo ha hecho desde la eternidad, que los dones de su amor son irrevocables. Son otorgados por el “Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17). El amor de Dios, realmente hace un cambio en nosotros cuando es “derramado en nuestros corazones” (Ro. 5:5), pero no hace ningún cambio en Él. A veces, varía las dispensaciones de su Providencia hacia nosotros, pero eso no se debe a que su afecto haya cambiado. Incluso cuando nos castiga, es en amor (He. 12:6), puesto que tiene nuestro bien a la vista.
Las operaciones del amor de Dios
Miremos más de cerca algunas de las operaciones del amor de Dios. En primer lugar, en la elección. “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu [su vivificación] y la fe en la verdad” (2 Ts. 2:13). Hay una conexión infalible entre el amor de Dios y su selección de aquellos que serían para salvación. La elección es la consecuencia de su amor, lo cual es expresado claramente en Deuteronomio: “No por ser vosotros más que todos los pueblos [1] os ha querido Jehová, y [2] os ha escogido” (Dt. 7:7). Y otra vez: “En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad” (Ef. 1:4-5).
En segundo lugar, en la redención. Como hemos visto en 1 Juan 4:10, de su amor soberano, Dios hizo provisión para que Cristo hiciese satisfacción por los pecados de su pueblo, aunque antes de la conversión de ellos, Dios estaba enojado con ellos con respecto a su Ley violada. Y, “¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro. 8:32): Ésta es otra prueba clara de que su Hijo no fue “entregado” en la cruz por toda la humanidad porque a los que no son escogidos, Dios no les da ni el Espíritu Santo, ni una nueva naturaleza, ni arrepentimiento, ni fe.
En tercer lugar, llamamiento eficaz. El Padre envía al Espíritu Santo desde el Salvador que está sentado en el trono (Hch. 2:33). Después de haber amado a sus elegidos con un amor eterno, con tierna misericordia los atrae (Jer. 31:3), los levanta en novedad de vida, los llama de las tinieblas a su luz admirable y los convierte en sus hijos. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Jn. 3:1). Si la filiación no surge del amor de Dios como un resultado seguro, ¿cuál es el propósito de esas palabras?
En cuarto lugar, la sanidad de las rebeliones: “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia” (Os. 14:4), sin renuencia ni vacilación. “Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos” (Cnt. 8:7). Tal es el amor de Dios por su pueblo −invencible, inextinguible−. No sólo no hay posibilidad de que expire, sino que también las negras aguas de las rebeliones no pueden extinguirlo, ni las inundaciones de incredulidad lo apagan.
Nada es más irresistible que la muerte en el mundo natural, nada tan invencible como el amor de Dios en el reino de la gracia. Goodwin comentó:
“¡Qué dificultades supera el amor de Dios! ¡Para que Dios venza su propio corazón! ¿Crees que no fue nada para Él matar a su Hijo?… Cuando vino a llamarnos, ¿no tuvo dificultades en superar tal amor? Estábamos muertos en delitos y pecados, pero por el gran amor con el que nos amó, nos revivió en la tumba de nuestra corrupción, como está escrito: “Hiede ya”, incluso entonces, Dios vino y nos conquistó. Después de nuestro llamado, ¡de qué manera tan triste provocamos a Dios! Tentaciones tan grandes que engañarían, si fuese posible, aun a los escogidos. Es así con todos los cristianos. No hay justo, sino aquel que con dificultad es salvo (1 P. 4:18) y, sin duda es salvo porque el amor de Dios es invencible: Supera todas las dificultades”.
Una aplicación es apenas necesaria para tal tema. Que el amor de Dios, diariamente, atraiga a tu mente mediante meditaciones devotas para que los afectos de tu corazón sean encaminados hacia Él. Cuando estés abatido en espíritu o en dolorosas estrecheces, suplica el amor de Dios en oración y es seguro que Dios no puede negarte nada bueno. Haz del maravilloso amor de Dios para ti, el incentivo de tu obediencia a Él. La gratitud es suficiente.
