
Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.
2 Corintios 8:9
No nos avergoncemos jamás de la cruz de la pobreza, si a Dios le parece oportuno colocarla sobre nuestros hombros. Ser impío y avaricioso es algo vergonzoso, pero ser pobre no es ninguna deshonra. La vivienda miserable, la comida burda y el lecho duro no son del agrado de la carne y de la sangre. Pero ésa fue la porción que el propio Señor Jesús aceptó de buen grado el día de su entrada en el mundo. La riqueza arruina a las almas mucho más que la pobreza. Cuando el amor al dinero comience a apoderarse sigilosamente de nosotros, pensemos en el pesebre de Belén, y en aquel que estaba acostado allí. Esos pensamientos pueden librarnos de muchos males.
J. C. Ryle
