El título de este artículo no es, quizás, lo suficientemente explícito para indicar su tema. Esto se debe, en parte, al hecho de que hoy, muy pocos están acostumbrados a meditar en las perfecciones personales de Dios. Comparativamente, pocos de los que ocasionalmente leen la Biblia, son conscientes de la magnificencia, asombrosamente inspiradora y estimulante a la adoración, del carácter divino. Que Dios es grande en sabiduría, maravilloso en poder y, aun así, lleno de misericordia, es algo de conocimiento casi común; pero, considerar cualquier cosa que se aproxime a una concepción adecuada de su ser, su naturaleza y sus atributos, tal como se revelan en la Sagrada Escritura, es algo que muy, muy pocas personas han logrado en estos tiempos de depravación. Dios está solo en su excelencia. “¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éx. 15:11).
Antes de todas las cosas
“En el principio creó Dios” (Gn. 1:1). Hubo un tiempo, si se pudiera llamar “tiempo”, cuando Dios, en la unidad de su naturaleza (aunque subsistiendo igualmente en tres personas divinas), vivía solo: “En el principio Dios”. No había cielo, donde su gloria es, particularmente, manifiesta ahora. No había tierra para atraer su atención. No había ángeles para cantar sus alabanzas; ni ningún universo para ser sostenido por la palabra de su poder. No había nada, ni nadie, excepto Dios; y eso, no por un día, ni por un año, ni por un siglo, sino “desde la eternidad”. Durante la eternidad pasada, Dios estaba solo: Completo, autosuficiente, satisfecho de Sí mismo y sin necesidad de nada. Si un universo, ángeles o seres humanos hubieran sido necesarios para Él de alguna manera, también habrían sido llamados a existir desde toda la eternidad. El haberlos creado cuando lo hizo, no le agregó nada a Dios, esencialmente. Él no cambia (Mal. 3:6), por lo tanto, su gloria esencial no puede ser aumentada ni disminuida.
Su voluntad soberana
Dios no estaba bajo restricciones, ni obligaciones, ni necesidad de crear. Que Él escogiera hacerlo así, fue un acto puramente soberano de su parte, que no fue causado por nada fuera de Sí mismo; determinado únicamente por su propia y mera voluntad porque Él “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11). Que Él haya creado, fue simplemente para hacer manifiesta su gloria. ¿Imaginan algunos de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que las Escrituras autorizan? Entonces nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde la eternidad hasta la eternidad; y bendígase el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza” (Neh. 9:5). A Dios no se le añade nada, ni siquiera con nuestra adoración. No necesitaba esa gloria externa de su gracia que surge de sus redimidos porque Él es lo suficientemente glorioso en Sí mismo sin ella. ¿Qué fue lo que lo movió a predestinar a sus elegidos para alabanza de la gloria de su gracia? Fue, como nos dice Efesios 1:5, “según el puro afecto de su voluntad”.
Sabemos muy bien que el terreno elevado que pisamos aquí es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón es bueno moverse lentamente. Que nuestra apelación sea nuevamente a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el Apóstol pone fin a su largo argumento sobre la salvación por la pura y soberana gracia, pregunta: “Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?” (vv. 34-35). El énfasis de esto es que es imposible poner al Todopoderoso bajo obligaciones para con la criatura; Dios no gana nada de nosotros. “Si fueres justo, ¿qué le darás a él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu impiedad, y al hijo de hombre aprovechará tu justicia” (Job 35:7-8), pero ciertamente, no puede afectar a Dios, quien es bendito enteramente en Sí mismo. “Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos” (Lc. 17:10) −nuestra obediencia no ha beneficiado a Dios en nada−.
No, vamos mas lejos, nuestro Señor Jesucristo no agregó nada a Dios en su esencia y gloria, ni por lo que hizo ni por lo que sufrió. Verdadero; bendita y gloriosamente verdadero, es que Él nos manifestó la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. Él mismo lo declara expresamente y sus palabras no tienen discusión: “Mi bien a ti no aprovecha” (Sal. 16:2, RVA 1909). Todo este salmo es un salmo de Cristo. La bondad o justicia de Cristo alcanzó a sus santos en la tierra (v. 3), pero Dios estaba muy por encima y más allá de todo. Sólo Dios es “el Bendito” (Mr. 14:61, griego).
Es perfectamente cierto que Dios es honrado y deshonrado por los hombres; no en su ser esencial, sino en su carácter oficial. Es igualmente cierto que Dios ha sido “glorificado” por la creación, por la providencia y por la redención. Nosotros no discutimos esto, ni nos atrevemos a hacerlo ni siquiera por un instante. Pero todo esto tiene que ver con su gloria manifiesta y su reconocimiento por parte de nosotros. Sin embargo, Dios hubiera estado tan complacido que podría haber seguido solo por toda la eternidad, sin dar a conocer su gloria a las criaturas. Si debía hacerlo o no, fue determinado únicamente por su propia voluntad. Fue perfectamente bendecido en Sí mismo antes de que la primera criatura fuera llamada a ser. ¿Y qué son todas las criaturas hechas por sus manos comparadas con Él, incluso ahora? Dejemos que la Escritura nuevamente responda:
“He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” (Is. 40:15-18).
Ese es el Dios de la Escritura; por desgracia, sigue siendo “el dios no conocido” (Hch. 17:23) para las multitudes despreocupadas.
“Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana” (Is. 40:22-23).
¡Cuán enormemente diferente es el Dios de las Escrituras del “dios” del púlpito promedio!
El testimonio del Nuevo Testamento tampoco es diferente al del Antiguo: ¡cómo podría serlo, pues sabemos que ambos tienen el mismo Autor! Allí también leemos: “La cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén” (1 Ti. 6:15-16). Tal Persona debe ser reverenciada, venerada y adorada. Él es solo en su majestad, único en su excelencia, incomparable en sus perfecciones. Él lo sostiene todo, pero es independiente de todo. Él da a todos, pero de ninguno se enriquece.
Por medio de la revelación
Tal Dios no puede ser descubierto mediante investigación. Sólo puede ser conocido cuando es revelado al corazón por el Espíritu Santo, a través de la Palabra. Es cierto que la creación demuestra que hay un Creador tan claramente que los hombres “no tienen excusa”; sin embargo, todavía tenemos que decir junto con Job: “He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?” (Job 26:14). Creemos que el llamado argumento del diseño2 de los “apologistas” bien intencionados, ha hecho mucho más daño que bien porque ha intentado bajar al gran Dios, a un nivel de comprensión finita y, por lo tanto, ha perdido de vista su excelencia singular.
Se ha elaborado una analogía entre un salvaje que encuentra un reloj sobre las arenas y, al examinarlo detenidamente, infiere que lo hizo un relojero. Hasta aquí todo bien. Pero intente ir más allá: Suponga que el salvaje se sienta en la arena y se esfuerza por formarse una concepción de este relojero, sus afectos y maneras personales; su disposición, sus habilidades y su carácter moral −todo lo que se necesita para formar una personalidad− ¿podría alguna vez pensar o razonar acerca de quién es este hombre real, −el hombre que hizo el reloj− para poder decir: “Lo conozco?”. Parece trivial hacer tales preguntas, pero ¿está el Dios eterno e infinito mucho más al alcance de la razón humana? ¡De hecho, no! El Dios de la Escritura sólo puede ser conocido por aquellos a quienes Él se da a conocer.
Tampoco Dios es conocido por el intelecto. Dios es Espíritu (Jn. 4:24) y, por lo tanto, sólo puede ser conocido espiritualmente. Pero el hombre caído no es espiritual; él es carnal. Está muerto para todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, sea traído sobrenaturalmente de muerte a vida, trasladado milagrosamente de la oscuridad a la luz, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Jn. 3:3) y, mucho menos, aferrarse a ellas (1 Co. 2:14). El Espíritu Santo tiene que brillar en nuestros corazones (y no en nuestros intelectos) para darnos “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). E incluso, ese conocimiento espiritual es fragmentado. El alma regenerada tiene que crecer en la gracia y en el conocimiento del Señor Jesús (2 P. 3:18). La oración principal y el propósito de los cristianos debe ser que andemos “como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Col. 1:10).
