Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instrúyalos recordando continuamente cómo Dios instruye a sus hijos. La Biblia nos dice que Dios tiene un pueblo elegido, —una familia en este mundo. Todos los pobres pecadores que han sido redargüidos de pecado, y se han acercado a Jesús para recibir paz, constituyen esa familia.
Todos los que realmente creemos en Cristo para salvación somos miembros de ella. Ahora bien, Dios el Padre está continuamente instruyendo a los miembros de su familia preparándolos para su morada eternal con él en el cielo. Actúa como el agricultor que poda sus vides a fin de que den más fruto. Conoce el carácter de cada uno de nosotros, —los pecados que constantemente nos atacan, —nuestras debilidades, —nuestras enfermedades peculiares, —nuestras necesidades especiales. Conoce nuestras obras y sabe dónde vivimos, quiénes son nuestros compañeros en la vida, y cuáles son nuestras pruebas, cuáles nuestras tentaciones y cuáles nuestros privilegios. Sabe todas estas cosas, y está siempre ordenando todo para nuestro bien. Nos otorga a cada uno, en su providencia, justamente las cosas que necesitamos, a fin de que llevemos el máximo fruto, —tanto sol como podemos aguantar, y tanto de lluvia, —tanto de las amarguras como podemos soportar, y tanto de lo dulce. Lector, si va a instruir con sabiduría a sus hijos, preste suma atención a cómo Dios el Padre instruye a los suyos. Él hace todo bien; el plan que él adopta es el correcto.
Piense, entonces, en cuántas cosas Dios le niega a sus hijos. Sospecho que encontraríamos a pocos que no han tenido deseos que él nunca ha satisfecho. Con frecuencia ha habido algo que querían lograr y, no obstante, siempre ha existido alguna barrera para impedir su logro. Es como si Dios lo estuviera poniendo fuera de nuestro alcance y diciendo: “Esto no es bueno para ti; esto no debe ser.” Moisés anhelaba intensamente cruzar el Jordán y ver la bondad de la tierra prometida; pero recuerde que su anhelo nunca fue satisfecho. Piense, también, con cuánta frecuencia Dios guía a su pueblo por caminos que nos resultan oscuros y misteriosos. No podemos ver el significado de su trato con nosotros; no podemos ver lo razonable de la senda por la que andan nuestros pies. A veces nos han atacado muchas pruebas, —nos han rodeado tantas dificultades, —que no hemos podido descubrir la razón de todo lo que nos sucede. Ha sido como si nuestro Padre nos estuviera tomando de la mano y llevando a un lugar oscuro y diciendo: “No preguntes nada, pero sígueme.” De Egipto a Canaán había una ruta directa, no obstante, Israel no fue guiado a seguirla; sino a circunvalarla por el desierto. Y esto parecía duro en ese momento.
Nos dice el relato:
“Abatióse el ánimo del pueblo por el camino” (Exo. 13:17; Núm. 21:4).
Piense, además, con cuánta frecuencia disciplina Dios a su pueblo con pruebas y aflicciones. Les envía cruces y desilusiones; los abate con enfermedades; los despoja de propiedades y amigos; los cambia de una posición a otra; los visita con las cosas más difíciles para la carne y la sangre; y algunos de nosotros hemos desfallecido bajo las cargas que ha puesto sobre nosotros. Nos hemos sentido más agobiados de lo que podemos soportar, y casi hemos llegado al punto de murmurar contra la mano que nos ha disciplinado.
Pablo el Apóstol, había recibido una espina en la carne, sin duda alguna amarga prueba corporal, aunque no sabemos exactamente de qué se trataba. Pero esto sabemos, —le rogó tres veces al Señor que se la quitara; sin resultado (2 Cor. 12:8, 9). Ahora bien, lector, a pesar de todas estas cosas, ¿ha oído alguna vez de un hijo de Dios que creyera que su Padre no lo trataba sabiamente? No, estoy seguro que no. Los hijos de Dios siempre le dirán que, a la larga, el que no se hiciera lo que ellos querían fue una bendición y que Dios había hecho por ellos mucho más de lo que hubieran podido hacer por sí mismos. ¡Sí! Y le dirían también, que los tratos de Dios les habían proporcionado más felicidad de la que hubieran podido obtener ellos mismos, y que su camino, no importa lo oscuro que fuera a veces, había sido el camino agradable y la senda de paz. Le pido que tome en serio la lección que los tratos de Dios con su pueblo quieren enseñarle.
No tema negarle a su hijo cualquier cosa que usted piensa le hará daño, sean cuales fueren sus propios deseos. Este es el plan de Dios. No vacile en darle mandatos, en los que quizá en el presente no encuentre sabiduría, y guiarle de maneras que ahora quizá no le parezcan razonables.
Este es el plan de Dios. No rehuya disciplinarlo y corregirlo cuando ve que la salud de su alma lo requiere, por más que le resulte doloroso a usted; y recuerde que los medicamentos para la mente no deben ser rechazados porque sean amargos. Este es el plan de Dios. Y sobre todo, no tema que tal plan de instrucción hará infeliz a su hijo.
Le advierto contra esta falsedad. Créalo, no hay camino más seguro hacia la infelicidad que el de siempre salirse con la suya. Que nos controlen y nos nieguen nuestra voluntad es una bendición para nosotros; nos hace valorar los placeres cuando llegan. Que a uno le den perpetuamente los gustos es la manera de acabar siendo egoístas; y los egoístas y los niños consentidos, créame, rara vez son felices.
Lector, no pretenda ser más sabio que Dios; —instruya a sus hijos como él instruye a los de él.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
