Estableciendo un concepto correcto del poder de Dios
No podemos tener una concepción correcta de Dios, a menos que pensemos en Él como todopoderoso u omnipotente, y también como totalmente sabio. El que no puede hacer lo que quiere y realizar todo como le place, no puede ser Dios. Como Dios, tiene la voluntad de decidir lo que considera bueno, así como también tiene poder para ejecutar su Voluntad.
“El poder de Dios es esa habilidad y fuerza por las cuales Él puede llevar a cabo todo lo que quiere, cualquier cosa que su sabiduría infinita pueda dirigir y cualquier cosa que la pureza infinita de su Voluntad pueda resolver… Así como la santidad es la belleza de todos los atributos de Dios, entonces el poder es lo que da vida y acción a todas las perfecciones de la naturaleza divina. Cuan vanos serían los consejos eternos, si el poder no interviniera para ejecutarlos. Sin poder, su misericordia no sería más que una débil lástima, sus promesas un sonido vacío y sus amenazas, un mero espantapájaros. El poder de Dios es como Él mismo: Infinito, eterno, incomprensible; no puede ser controlado, restringido ni frustrado por la criatura” (Stephen Charnock).
“Una vez habló Dios; dos veces he oído esto: Que de Dios es el poder” (Sal. 62:11). “Una vez habló Dios”: ¡Sí, y no se necesita más que esto! El cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra permanece para siempre. “Una vez habló Dios”: ¡Sí, tal y cómo corresponde a su divina majestad! Nosotros, los pobres mortales, podemos hablar con frecuencia y, sin embargo, no ser escuchados. Él habla una sola vez y el trueno de su poder se escucha en mil colinas.
“Tronó en los cielos Jehová, y el Altísimo dio su voz; granizo y carbones de fuego. Envió sus saetas, y los dispersó; lanzó relámpagos, y los destruyó. Entonces aparecieron los abismos de las aguas, y quedaron al descubierto los cimientos del mundo, a tu reprensión, oh Jehová, por el soplo del aliento de tu nariz” (Sal. 18:13-15).
“Una vez habló Dios”: Contempla su autoridad inmutable. “Porque ¿quién en los cielos se igualará a Jehová? ¿Quién será semejante a Jehová entre los hijos de los potentados?” (Sal. 89:6). “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dn. 4:35). Esto se mostró, abiertamente, cuando Dios se encarnó y habitó entre los hombres. Al leproso, le dijo: “Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció” (Mt. 8:3). Al que había estado en el sepulcro cuatro días, dijo a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió”. El viento tormentoso y las olas furiosas se callaron ante una sola palabra de Él. Una legión de demonios no pudo resistir su mandato autoritativo.
El poder de Dios y el orgullo del hombre
“El poder le pertenece a Dios y sólo a Él. Ninguna criatura en todo el universo, tiene un átomo de poder, salvo el que Dios delega. Pero el poder de Dios no se adquiere, ni depende del reconocimiento por parte de autoridad alguna. Le pertenece a Dios inherentemente.
“El poder de Dios es como Él mismo, autoexistente, autosuficiente. El más poderoso de los hombres, no podría añadir ni una sombra de poder al Omnipotente. Se sienta en un trono sin columnas que lo sostengan y no se apoya en ningún brazo auxiliar. Sus cortesanos no mantienen su corte, no toma prestado su esplendor de sus criaturas. Él mismo es la gran fuente central y Originador de todo poder” (C.H. Spurgeon).
No sólo toda la creación da testimonio del gran poder de Dios, sino también de su completa independencia de todas las cosas creadas. Escuche su propio desafío: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular?” (Job 38:4-6). ¡Cuán completamente humillado hasta el polvo aparece aquí el orgullo del hombre!
“El poder también se usa como un nombre de Dios, se habla del “Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder” (Mr. 14:62), es decir, a la diestra de Dios. Dios y su poder son tan inseparables que son mutuamente intercambiables. Como su esencia es inmensa, no puede ser confinada en un lugar; como es eterno, no puede medirse en el tiempo; así que como es todopoderoso, no puede ser limitado en lo que respecta a la acción” (Stephen Charnock).
“He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?” (Job 26:14). ¿Quién puede contar todos los monumentos de su poder? Incluso, lo que se muestra de su poder en la creación visible, está completamente más allá de nuestros poderes de comprensión y, mucho menos, podemos concebir la omnipotencia misma. Hay infinitamente más poder alojado en la naturaleza de Dios del que se expresa en todas sus obras.
El ocultamiento del poder de Dios
Contemplamos “partes de sus caminos” en la creación, la providencia, la redención, pero sólo una “pequeña parte” de su poder se ve en ellas. Sorprendentemente, esto se pone de manifiesto cuando leemos: “Allí estaba escondido su poder” (Hab. 3:4). Apenas es posible imaginar algo más grandilocuente que las imágenes descritas en este capítulo, sin embargo, nada de lo expresado en este capítulo supera la nobleza de esta declaración. El profeta (en visión) contempló al poderoso Dios dispersando las colinas y derribando las montañas, lo que uno pensaría que brindaba una sorprendente demostración de su poder. No, dice nuestro versículo que allí estaba “escondido”, más bien que la exhibición de su poder. ¿Qué significa esto? Esto: ¡Tan inconcebible, tan inmenso, tan incontrolable es el poder de la Deidad que las convulsiones temibles que Él obra en la naturaleza, en realidad, ocultan más de lo que revelan acerca de su poder infinito!
La inmensidad del poder de Dios
Cuán hermoso es unir los siguientes pasajes: “Él… anda sobre las olas del mar” (Job 9:8), que expresa el poder incontrolable de Dios. “Por el circuito del cielo se pasea” (Job 22:14), lo cual habla de la inmensidad de su presencia. Él “anda sobre las alas del viento” (Sal. 104:3), lo cual significa la asombrosa rapidez de sus operaciones. Esta última expresión es muy notable. ¡No dice que “vuela” o “corre”, sino que “anda” y que lo hace sobre las mismas “alas del viento” −sobre el más impetuoso de los elementos− arrojado con máxima furia, y que barre con todo a su paso con rapidez casi inconcebible, sin embargo, las alas del viento están bajo sus pies, bajo su control perfecto!
Consideremos ahora el poder de Dios en la creación. “Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste. El norte y el sur, tú los creaste” (Sal. 89:11-12). Antes de que el hombre pueda trabajar, debe tener herramientas y materiales, pero Dios comenzó de la nada y, sólo por su palabra, de la nada hizo todas las cosas. El intelecto no puede comprenderlo. Dios “dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió” (Sal. 33:9). La materia primigenia escuchó su voz. “Y dijo Dios: Sea… y fue…” hecho (Gn. 1). Bien podemos exclamar: “Tuyo es el brazo potente; Fuerte es tu mano, exaltada tu diestra” (Sal. 89:13).
“¿Quién, que mira hacia arriba al cielo de medianoche y, con un poco de sentido común, contempla sus continuas maravillas, quién puede dejar de preguntarse, de qué fueron formadas sus poderosos orbes14? Aunque es asombroso, fueron producidas sin materiales. Surgieron del vacío mismo. El majestuoso tejido de la naturaleza universal surgió de la nada. ¿Qué instrumentos fueron utilizados por el Arquitecto Supremo para modelar las piezas con una exquisitez tan precisa y darle un brillo tan hermoso a todo el conjunto? ¿Cómo se conectó todo en una estructura tan finamente planificada y con un acabado tan espléndido? Un simple fíat15 lo logró todo. Sea hecho, dijo Dios. No añadió más y enseguida, se levantó el maravilloso edificio, adornado con todas las bellezas, exhibiendo innumerables perfecciones y declarando en medio de los deslumbrados serafines, la alabanza de su gran Creador. “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca” (Sal. 33:6)”.
Considere el poder de Dios en la preservación. Ninguna criatura tiene poder para preservarse a sí misma. “¿Crece el junco sin lodo? ¿Crece el prado sin agua?” (Job 8:11). Tanto el hombre como los animales perecerían si no hubiera hierbas para comer; las hierbas se marchitarían y morirían si la tierra no fuera refrescada con lluvias fructíferas. Por lo tanto, Dios es llamado el Preservador del hombre y de los animales (Sal. 36:6); Él es “quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (He. 1:3). ¡Qué maravilla del poder divino es la vida prenatal de todo ser humano! El hecho de que un bebé siquiera esté vivo y durante tantos meses, en lugares tan estrechos y sucios, y además sin respirar; esto es inexplicable sin el poder de Dios. Verdaderamente, “Él es quien preservó la vida a nuestra alma” (Sal. 66:9).
La preservación de la tierra de la violencia del mar es otro claro ejemplo del poder de Dios. ¿Cómo se mantiene ese elemento furioso dentro de esos límites, en los que Él los confinó al principio, y continúan su cauce, sin desbordarse sobre la tierra y sin destruir la parte más baja de la creación? La posición natural del agua es sobre la tierra porque es más liviana y, a su vez, estar inmediatamente debajo del aire porque es más pesada. ¿Quién restringe esta cualidad natural del agua? Ciertamente el hombre no lo hace y tampoco puede. Es el fíat de su Creador el único que la refrena: “Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas” (Job 38:11). ¡Qué monumento permanente al poder de Dios es la preservación del mundo!
Considere el poder de Dios en el gobierno. Piense en cómo Dios restringe la malicia de Satanás. “El diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 P. 5:8). Está lleno de odio contra Dios y de enemistad diabólica contra los hombres, particularmente contra los santos. El que envidiaba a Adán en el paraíso, nos envidia ahora el placer de disfrutar de cualquiera de las bendiciones de Dios. Si dependiera de su voluntad, el diablo trataría a todos de la misma manera como trató a Job: Enviaría fuego del cielo sobre los frutos de la tierra, destruiría el ganado, provocaría que un viento derribara nuestras casas y cubriría nuestros cuerpos con llagas. Pero, aunque los hombres casi no se den cuenta, Dios lo refrena en gran medida, le impide llevar a cabo sus malvados designios y lo confina dentro de sus regulaciones.
Así también, Dios restringe la corrupción natural de los hombres. El hombre sufre suficientes brotes de pecado para mostrar qué terrible estrago ha provocado la apostasía del hombre hacia su Hacedor, pero ¿quién puede concebir los espantosos extremos a los que los hombres llegarían, si Dios quitara su mano restrictiva? “Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre” (Ro. 3:14-15). Ésta es la naturaleza de cada descendiente de Adán. Entonces, ¡qué libertinaje desenfrenado y obstinada locura triunfarían en el mundo, si el poder de Dios no se interpusiera para cerrar sus compuertas! (Ver Sal. 93:3-4).
Considere el poder de Dios en el juicio. Cuando golpea, nadie puede resistirlo (Ver Ez. 22:14). ¡Cuán terriblemente fue evidenciado esto en el Diluvio! Dios abrió las ventanas de los cielos y rompió las grandes fuentes del abismo, y (a excepción de aquellos en el arca) toda la raza humana fue barrida, indefensa ante la tormenta de su Ira. Una lluvia de fuego y azufre del cielo, y las ciudades de la llanura fueron exterminadas. Faraón y todos sus ejércitos estaban impotentes cuando Dios sopló sobre ellos en el Mar Rojo. Qué palabra tan terrible es la de Romanos 9:22: “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción?”. Dios desplegará su grandioso poder sobre los réprobos, no sólo encarcelándolos en la Gehena17, sino preservando sobrenaturalmente sus cuerpos, así como también sus almas en medio de las eternas llamas del Lago de Fuego.
¡Bien que todos podríamos temblar ante tal Dios! Tratar con imprudencia a Aquel que puede aplastarnos más fácilmente que una polilla, es una estrategia suicida. Desafiar abiertamente a Aquel que está vestido de omnipotencia, que puede desgarrarnos en pedazos o arrojarnos al infierno en cualquier momento que le plazca, es el colmo de la locura. Para decirlo más claramente, es sólo parte de la sabiduría, prestar atención a sus mandamientos: “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira” (Sal. 2:12).
¡Bien podría el alma iluminada adorar a tal Dios! Las maravillosas e infinitas perfecciones de un Ser así, llaman a una ferviente adoración. Si los hombres de poder y renombre reclaman la admiración del mundo, cuánto más debería el poder del Todopoderoso, llenarnos de admiración y homenaje. “¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éx. 15:11).
¡Bien pueden los santos confiar en tal Dios! Él es digno de confianza implícita. Nada es demasiado difícil para Él. Si Dios estuviera limitado en poder y hubiera un límite para su fuerza, bien podríamos desesperarnos. Pero al ver que está vestido de omnipotencia, ninguna oración es demasiado difícil de responder para Él, no hay necesidad demasiado grande que Él no pueda suplir, no hay pasión nuestra demasiado fuerte que Él no pueda dominar; ninguna tentación es demasiado poderosa para que Él nos libre de ella, ni ninguna miseria demasiado profunda para que Él no la alivie. “Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” (Sal. 27:1).
“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Ef. 3:20-21).
