Sólo Dios es santo
“¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo” (Ap. 15:4). Sólo Él es independiente, infinita e inmutablemente santo. En las Escrituras, frecuentemente, se le llama “El Santo” y lo es porque la suma de toda la excelencia moral se encuentra en Él. Él es la Pureza absoluta y sin mancha, y sin sombra de pecado. “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1:5). La santidad es la excelencia misma de la naturaleza divina: El gran Dios es “magnífico en santidad” (Éx. 15:11). Por lo cual, leemos: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13). Como el poder de Dios es lo opuesto a la debilidad natural de la criatura, puesto que su sabiduría está en completo contraste con el menor defecto de comprensión o necedad, su santidad es la antítesis de toda mancha o corrupción moral. Desde la antigüedad, Dios designó cantores en Israel para que “alabasen en la hermosura de la santidad” (2 Cr. 20:21, RVA 1909). “El poder es la mano o el brazo de Dios, la omnisciencia su ojo, la misericordia sus entrañas, la eternidad su duración, pero la santidad es su belleza” (Stephen Charnock). Es esto lo que lo hace supremamente deleitoso para aquellos que han sido libertados del dominio del pecado.
Se pone un énfasis principal en esta perfección de Dios:
“Dios es más a menudo llamado Santo que Todopoderoso y se le describe más por esta parte de su dignidad que por cualquier otra. Este atributo es más usado como calificativo de su nombre que cualquier otro. Nunca se encuentra la expresión: “Su poderoso nombre” o “su sabio nombre”, sino su grande nombre y, sobre todo, su santo nombre. Éste es el mayor título de honor; en este último aparece la majestad y venerabilidad de su nombre” (Stephen Charnock).
Esta perfección, como ninguna otra, se celebra solemnemente ante el Trono del Cielo, donde los serafines claman: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Is. 6:3). Dios mismo destaca esta perfección: “Una vez he jurado por mi santidad” (Sal. 89:35). Dios jura por su “Santidad” porque esa es una expresión más completa de Sí mismo que cualquier otra cosa. Por lo tanto, se nos exhorta: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad” (Sal. 30:4). “A éste se le puede llamar un atributo trascendental, que, por así decirlo, es transversal a sus otros atributos y les da lustre. Es un atributo de atributos”. Por lo tanto, leemos de “la hermosura de Jehová” (Sal. 27:4), la cual no es otra cosa que “la hermosura de la santidad” (Sal. 110:3).
“Esta excelencia es resaltada por encima de todas sus otras perfecciones y, por tanto, es la gloria de todos los demás atributos; tal como la santidad es la gloria de la Deidad, así también es la gloria de toda perfección en la Deidad; tal como su poder es la fuerza de sus atributos, así mismo, su santidad es la belleza de sus atributos; y de la manera en que todos estos atributos serían débiles sin su omnipotencia, así también les faltaría belleza si no estuviera la santidad para adornarlos. Si este atributo se mancillara, todo el resto perdería su honor; de la misma manera que en el mismo instante que el sol perdiera su luz, perdería también su calor, su fuerza, su virtud generadora y vivificante. Como la sinceridad es el brillo de toda gracia en un cristiano, la pureza es el esplendor de cada atributo en la Deidad. Su justicia es una justicia santa, su sabiduría es una sabiduría santa y su poder es “su santo brazo” (Sal. 98:1). Su verdad o promesa es una “santa palabra” (Sal. 105:42). Su nombre, el cual significa todos sus atributos en conjunto, es un “santo nombre” (Sal. 103:1)” (Stephen Charnock).
La manifestación de la santidad de Dios
La santidad de Dios se manifiesta en sus obras. “Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso [santo]11 en todas sus obras” (Sal. 145:17). Nada más que lo excelente, puede proceder de Él. La santidad es la regla de todas sus acciones. Al principio, Él declaró que todo lo que había hecho era “bueno en gran manera” (Gn. 1:31), lo cual no podría haber hecho si hubiera habido algo imperfecto o impío en ellos. El hombre fue hecho “recto” (Ec. 7:29), a imagen y semejanza de su Creador. Los ángeles que cayeron fueron creados santos porque se nos dice que “no guardaron su dignidad” (Jud. 6). De Satanás está escrito: “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ez. 28:15).
La santidad de Dios se manifiesta en su Ley. Esa Ley prohíbe el pecado en todas sus formas: tanto en las más refinadas como en las más groseras, ya sea en los pensamientos de la mente o en la contaminación del cuerpo; ya sea el deseo secreto o en el acto manifiesto. Por lo tanto, leemos: “La ley a la verdad es santa, y el mandamiento es santo, y justo, y bueno” (Ro. 7:12). “El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19:8-9).
La santidad de Dios se manifiesta en la cruz. Maravillosamente y con la mayor solemnidad, decimos que la expiación muestra su infinita santidad y el aborrecimiento de Dios hacia pecado. ¡Cuán odioso debe ser el pecado para Dios para que Él lo castigue hasta el último extremo cuando fue imputado a su Hijo!
“Ni todos los viales12 de juicio que se han vertido o que serán derramados sobre el mundo malvado, ni el horno en llamas de la conciencia de un pecador, ni la sentencia irreversible pronunciada contra los demonios rebeldes, ni los gemidos de las criaturas condenadas, demuestran con tanta claridad el odio de Dios hacia el pecado, como la ira de Dios que se desató sobre su Hijo. Nunca la santidad divina lució más hermosa y preciosa que cuando el semblante de nuestro Salvador se vio más desfigurado en medio de sus gemidos moribundos. Esto mismo lo reconoce en Salmos 22. Cuando Dios apartó su rostro sonriente de Él y clavó su cuchillo afilado en su corazón, lo cual le forzó a clamar con ese terrible: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Él adora esta perfección: “Tú eres santo” (v. 3)” (Stephen Charnock).
Como Dios es santo, Él odia todo pecado. Él ama todo lo que está en conformidad con sus leyes, y detesta todo lo que es contrario a ellas. Su Palabra declara claramente: “Jehová abomina al perverso” (Pr. 3:32). Y de nuevo: “Abominación son a Jehová los pensamientos del malo” (Pr. 15:26). Por tanto, se deduce que, necesariamente, Él debe castigar el pecado. Es tan cierto que no puede existir el pecado sin castigo como que Dios siente odio hacia él. Dios, a menudo, perdona a los pecadores, pero nunca perdona el pecado; y al pecador sólo se le perdona por el hecho de que Otro ha soportado su castigo: Porque “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He. 9:22). Por lo tanto, se nos dice: “Jehová es vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios, y guarda enojo para sus enemigos” (Nah. 1:2). Por un solo pecado, Dios desterró a nuestros primeros padres del Edén. Por un solo pecado, toda la posteridad de Canaán hijo de Cam, cayó bajo una maldición que permanece sobre ellos hasta el día de hoy (Gn. 9:25). Por un pecado, Moisés fue excluido de Canaán, el siervo de Eliseo herido de lepra, Ananías y Safira fueron cortados de la tierra de los vivientes.
La santidad de Dios desde una perspectiva mundana
Aquí encontramos pruebas de la inspiración divina de las Escrituras. Los no regenerados no creen, realmente, en la santidad de Dios. Su concepción acerca del carácter de Dios es totalmente unilateral. Abrigan con afecto, la esperanza de que su misericordia anule todo lo demás. “Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21), es la acusación de Dios contra ellos. Ellos imaginan un “dios” inventado en sus propios corazones malvados. Lo que demuestra que continúan viviendo en una carrera totalmente loca. Pero tal es la santidad atribuida a la naturaleza y al carácter divino en la Escritura que demuestra, claramente, su origen sobrehumano. El carácter atribuido a los “dioses” de los antiguos y de los idólatras modernos es lo contrario a esa pureza inmaculada que pertenece al Dios verdadero. ¡Ninguno de los descendientes caídos de Adán, nunca inventó un Dios inefablemente santo, que tiene el mayor aborrecimiento de todo pecado! El hecho es que nada pone más de manifiesto la terrible depravación del corazón del hombre y su enemistad contra el Dios viviente que haberse enfrentado a Aquel que es infinita e inmutablemente santo. Su propia idea del pecado está prácticamente limitada a lo que el mundo llama “crimen”. Cualquier cosa menos que eso, el hombre le llama “defectos”, “errores”, “enfermedades”, etc. E incluso, cuando no pueden esconder sus pecados, inventan excusas y atenuantes para estos.
El “dios” que la gran mayoría de los cristianos profesantes “ama”, luce como un anciano indulgente quien, en sí mismo, no está de acuerdo con el pecado, pero disimula de forma indulgente las “indiscreciones” de la juventud. Pero la Palabra dice: “Aborreces a todos los que hacen iniquidad” (Sal. 5:5). Y otra vez dice: “Dios está airado contra el impío todos los días” (Sal. 7:11). Pero los hombres se rehúsan a creer en este Dios y rechinan los dientes cuando el odio de Dios por el pecado presiona, fielmente, sobre la atención de ellos. No, el hombre pecador no podría haber ideado a un Dios santo de la misma manera que no podría jamás crear el Lago de Fuego en el cual sería atormentado por los siglos de los siglos.
Debido a que Dios es santo, es completamente imposible ser aceptados ante Él sobre la base de las obras de la criatura. Sería más fácil que una criatura caída crease un mundo que lograr producir las buenas obras que cumpliesen con la aprobación de Dios y su infinita pureza. ¿Puede la oscuridad morar con la luz? ¿Puede el Dios que no tiene mancha disfrutar de los trapos de inmundicia? (Is. 64:6). Lo mejor que produce el hombre pecador está contaminado. Un árbol corrupto no puede dar buenos frutos. Dios se negaría a Sí mismo, deshonraría sus perfecciones, si considerara justo y santo lo que no lo es en sí mismo; y nada es santo si tiene la más mínima mancha contraria a la naturaleza de Dios.
- La humanidad redimida
Pero bendito sea su Nombre, que lo que su Santidad exigió, su gracia lo ha provisto en Cristo Jesús nuestro Señor. Todo pobre pecador que ha acudido a Él en busca de refugio es aceptado “en el Amado” (Ef. 1:6). ¡Aleluya!
El hombre se acerca a Dios
Debido a que Dios es santo, debemos acercarnos a Él con la mayor reverencia. “Dios temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él” (Sal. 89:7). Entonces, “exaltad a Jehová nuestro Dios, y postraos ante el estrado de sus pies; Él es santo” (Sal. 99:5). Sí, “ante el estrado de sus pies”, en la postura más baja de la humildad, postrados ante Él. Cuando Moisés se acercó a la zarza ardiente, Dios dijo: “Quita tu calzado de tus pies” (Éx. 3:5). Él debe ser servido “con temor” (Sal. 2:11). Su demanda de Israel fue: “En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lv. 10:3). Cuanto más asombrados estén nuestros corazones por su inefable Santidad, más aceptable serán nuestros acercamientos a Él.
Debido a que Dios es santo, debemos desear ser conformados a Él. Su mandamiento es: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 P. 1:16). No se nos ordena ser omnipotentes u omniscientes como lo es Dios, pero sí debemos ser santos y serlo “en toda [nuestra] manera de vivir” (1 P. 1:15).
“Ésta es la mejor manera de honrar a Dios. No glorificamos tanto a Dios con elevada admiración, con expresiones elocuentes o servicios pomposos para Él, como cuando aspiramos conversar con Él con espíritus sin mancha y vivir para Él viviendo como Él” (Stephen Charnock).
Entonces, como sólo Dios es el Origen y la Fuente de la santidad, busquemos sinceramente la santidad de Él; que nuestra oración diaria sea que Él mismo nos “santifique por completo</em>; y todo [nuestro] ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts. 5:23).
