Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instrúyalos en el hábito de la fe. Quiero decir con esto, que debe instruirlos a creer lo que usted dice. Debe tratar de hacerles sentir confianza en su discernimiento, y respetar sus opiniones, considerándolos mejor que las de ellos mismos. Debe acostumbrarlos a creer que, cuando le dice que algo es malo para ellos, ha de ser malo, y cuando usted dice que es bueno para ellos, ha de ser bueno; en suma, que lo que usted sabe, es mejor que lo que ellos saben, y que pueden confiar implícitamente en su palabra. Enséñeles a sentir que lo que no saben ahora, probablemente lo sabrán en el futuro, y a sentirse seguros de que hay una razón y un motivo para todo lo que les exige que hagan.
¿Quién puede realmente describir la bendición de un verdadero espíritu de fe? O, más bien, ¿quién puede saber la miseria que la falta de fe ha acarreado al mundo? La falta de fe provocó que Eva comiera la fruta prohibida, —dudó de la veracidad de la palabra de Dios: “Morirás”. La falta de fe provocó que el viejo mundo rechazara las advertencias de Noé y, por ende, muriera en pecado. La falta de fe mantuvo a Israel en el desierto, —fue la barrera que les impidió entrar en la tierra prometida. La falta de fe provocó que los judíos crucificaran al Señor de gloria, —no creyeron las voces de Moisés y los profetas, aunque los leían todos los días. Y la falta de fe es el pecado que reina en el corazón del hombre hasta su última hora, falta de fe en las promesas de Dios, —falta de fe en las amenazas de Dios, descreimiento en nuestra propia naturaleza pecaminosa, —descreimiento del peligro que nosotros mismos corremos —falta de fe en todo lo que se opone al orgullo y la mundanalidad de nuestros malignos corazones. Lector, usted instruye a sus hijos sin propósito si no les instruye en el hábito de tener una fe implícita, —fe en la palabra de sus padres, seguridad de que lo que dicen sus padres tiene que ser correcto.
He oído que algunos dicen que uno no debe exigirle a los niños lo que no pueden comprender, que usted debe explicar y dar una razón para todo lo que desea que hagan. Le advierto solemnemente contra tal noción. Le digo claramente, creo que es un principio sin fundamento y podrido. Sin duda es
absurdo hacer un misterio de todo lo que usted hace, y hay muchas cosas que es bueno explicar a los niños a fin de que puedan ver que son razonables y sabias. Pero criarlos con la idea de que no deben aceptar nada por fe, que ellos, con su comprensión débil e imperfecta, deben recibir una clarificación sobre el “porqué” de todo en cada paso que toman, —esto es ciertamente un error terrible, y probablemente tenga el peor de los efectos sobre su mente.
Razone con su hijo si quiere, en ciertos momentos, pero nunca se olvide de hacerle recordar (si realmente lo ama) que después de todo es sólo un niño, —que piensa como un niño, que entiende como un niño y que, por lo tanto, no puede esperar saber la razón de todo de una sola vez.
Preséntele el ejemplo de Isaac el día que Abraham lo llevó al Monte Moriah para ofrecerlo en holocausto (Gén. 22). Le preguntó a su padre aquella única pregunta: “¿Dónde está el cordero para el holocausto?” y no recibió más respuesta que ésta: “Dios se proveerá de cordero.” Cómo, o dónde, o cuándo o por qué medios, —nada de esto le dijo a Isaac; pero la respuesta fue suficiente. Creyó que todo andaría bien porque su padre se lo dijo, y quedó satisfecho.
Dígales a sus hijos, también, que todos tenemos que ser aprendices en nuestros comienzos, que hay un alfabeto que dominar en todo tipo de conocimiento, —que el mejor caballo en el mundo alguna vez tiene que ser domado, —que el día vendrá cuando comprenderán la sabiduría de toda su instrucción. Pero mientras tanto si usted dice que algo es correcto, debe ser suficiente para ellos, —tienen que creerle y quedar satisfechos.
Padres, si en algún punto la instrucción es importante, es en éste. Les encomiendo, por el afecto que sienten por sus hijos, que usen todos los medios para instruirlos en el hábito de la fe.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
