Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instrúyalos en el hábito de ser diligentes y de asistir con regularidad a los cultos de adoración. Hábleles del deber y privilegio de ir a la casa de Dios y de sumarse a las oraciones de la congregación. Explíqueles que dondequiera se reúne el pueblo del Señor, el Señor Jesús está presente de un modo especial, y que los ausentes, como le sucedió al Apóstol Tomás, pueden esperar perderse una bendición. Hábleles de la importancia de escuchar la predicación de la Palabra, y que es la ordenanza de Dios para convertir, santificar y edificar las almas de los hombres. Cuénteles cómo el Apóstol Pablo nos insta a no dejar “nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre” (Heb. 10:25); sino a exhortarnos unos a otros para motivarnos a reunirnos, y con más razón al ver que el día se acerca.
Es un cuadro triste cuando en la iglesia nadie más que los ancianos se acercan a la mesa del Señor y que los jóvenes y señoritas se apartan de ella. Pero es un cuadro más triste aún cuando no se ven niños en la iglesia, excepto los que concurren a la escuela dominical y les obligan a asistir. No sea usted culpable de esto. Hay muchos niños y niñas en todas las parroquias, además de los que concurren a la escuela dominical, y ustedes que son sus padres y amigos deberían ocuparse de que concurran a la iglesia.
No permita que se críen con la costumbre de dar vanas excusas por no concurrir. Hágales entender bien que mientras estén bajo su techo es la regla de su casa que todos los que gozan de buena salud honren la casa del Señor el día del Señor y que considera usted que el que quebranta el día de reposo es asesino de su propia alma.
Ocúpese también, si puede concertarlo, que sus hijos asistan con usted al culto y se sienten cerca suyo cuando están allí. Ir al culto es una cosa, pero portarse bien en la iglesia es muy otra. Y, créame, no hay mejor seguridad de buena conducta que tenerlos bajo su propia vista.
La mente de los jóvenes se distrae fácilmente y no mantiene su atención, y debe usarse todo medio posible para contrarrestar esto. No me gusta verlos llegar a la iglesia solos, —con frecuencia se juntan con malas compañías y, por lo tanto, aprenden más cosas malas en el día del Señor que en todo el resto de la semana. Tampoco me gusta ver lo que llamo “un rincón de los jóvenes” en la iglesia. Muchas veces adquieren allí hábitos de inatención e irreverencia que lleva años corregir, si es que puede alguna vez corregirse. Lo que me gusta ver es la familia entera sentada junta, ancianos y jóvenes, lado a lado, —hombres, mujeres y niños sirviendo a Dios como familia.
Pero hay algunos que dicen que es inútil instar a los niños a asistir a los cultos porque no los entienden.
No quiero que presten atención a tal razonamiento. No encuentro doctrina tal en el Antiguo Testamento. Cuando Moisés se presenta ante Faraón (Exo. 10:9), noto que dice: “Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas… porque tenemos solemnidad de Jehová.” Cuando Josué leyó la ley (Jos. 8:35), noto: “No hubo palabra alguna de todas las cosas que mandó Moisés, que Josué no hiciese leer delante de toda la congregación de Israel, mujeres y niños, y extranjeros que andaban entre ellos.” “Tres veces en el año”, dice Éxodo 34:23, “será visto todo varón tuyo delante del Señoreador Jehová, Dios de Israel.” Y cuando busco en el Nuevo Testamento encuentro allí a niños participando de los actos públicos religiosos tanto como en el Antiguo. Cuando Pablo estaba dejando por último a los discípulos en Tiro, noto que dice (Hech. 21:5): “Salimos acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la ribera, oramos.”
Samuel, en los días de su niñez, parece haber ministrado al Señor un tiempo antes de conocerlo realmente. “Y Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada” (1 Sam. 3:7). Los Apóstoles mismos no parecieron entender en el momento todo lo que nuestro Señor decía. “Estas cosas no las entendieron sus discípulos de
primero: empero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas de él” (Juan 12:16).
Padres, reconforten sus mentes con estos ejemplos. No se desalienten porque sus hijos en este momento no comprenden plenamente el valor del culto de adoración. Instrúyalos sencillamente a adquirir el hábito de concurrir regularmente. Preséntelo ante sus mentes como un deber elevado, santo y solemne y, créanme, el día vendrá cuando los bendecirán por haberlo hecho.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
