Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instrúyalos en el hábito de la oración. La oración es el aliento de vida mismo de la verdadera religión. Es una de las primeras evidencias de que alguien ha nacido de nuevo. “Porque he aquí”, dijo el Señor acerca de Saulo el día que lo envió a Ananías, “Porque he aquí, él ora” (Hech. 9:11). Había empezado a orar, y eso era prueba suficiente.
La oración fue la marca distintiva del pueblo de Dios el día que empezó a haber separación entre ellos y el mundo. “Entonces los hombres comenzaron a llamarse del nombre de Jehová” (Gén. 4:26).
La oración es la característica de todos los verdaderos cristianos en la actualidad. Oran, —porque le cuentan a Dios sus necesidades, sus sentimientos, sus anhelos, sus temores; y lo hacen con sinceridad. El cristiano nominal puede repetir oraciones, y hasta buenas oraciones, pero éstas no llegan a ninguna parte.
La oración es el momento decisivo en el alma del hombre. Nuestro ministerio es inútil, y nuestra obra en vano, mientras no haya usted caído de rodillas. Hasta entonces, no tenemos esperanza para usted.
La oración es el gran secreto de la prosperidad espiritual. Cuando tiene mucha comunión privada con Dios, su alma crecerá como el pasto después de la lluvia; cuando tiene poca, todo se detendrá, apenas si conservará a su alma con vida. Muéstreme un cristiano que crece, un cristiano que marcha adelante, un cristiano fuerte, un cristiano que prospera, y estoy seguro que es alguien que habla frecuentemente con su Señor. Pide mucho, y tiene mucho. Le cuenta todo a Jesús y, en consecuencia, siempre sabe cómo actuar.
La oración es el motor más potente que Dios ha puesto en nuestras manos. Es la mejor arma para usar en cualquier dificultad, y el remedio seguro para cualquier problema. Es la llave que abre el tesoro de sus promesas, y la mano que imparte gracia y ayuda en el momento de necesidad. Es la trompeta de plata que Dios nos ordena hacer sonar en todas nuestras necesidades, y es el clamor que ha prometido siempre oír, como una madre cariñosa oye la voz de su hijo.
La oración es el medio más sencillo que el hombre puede usar para acercarse a Dios. Está al alcance de todos, —el enfermo, el anciano, el débil, el paralítico, el ciego, el pobre, el iletrado, —todos pueden orar. No sirve para nada que se excuse porque no tiene memoria, y porque no> tiene educación, y porque no tiene libros, y porque le falta conocimiento en esta cuestión. Mientras tenga una lengua para contarle el estado de su alma, puede y debe orar. Aquellas palabras: “No tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Stg. 4:2), serán una terrible condenación para muchos en el día del juicio.
Padres, si aman a sus hijos, hagan todo lo que está dentro de su alcance para instruirlos en el hábito de la oración. Muéstrenles cómo empezar. Explíquenles qué decir. Anímenlos a perseverar. Si la descuidan y desatienden, recuérdenles que deben orar. Por lo menos, que no sea culpa de ustedes si nunca claman al Señor.
Éste, recuerde, es el primer paso en la religión que el niño puede tomar. Mucho antes de saber leer, usted puede enseñarle a arrodillarse junto a su madre y repetir las sencillas palabras de oración y alabanza que ella le pone en la boca. Y así como los primeros pasos en cualquier tarea son los más importantes, lo es la manera como las oraciones de sus hijos son expresadas, un punto que merece su máxima atención. Pocos parecen saber cuánto depende de esto. Tenga cuidado de que no se acostumbren a decirlas de una manera apurada, descuidada e irreverente. Tenga cuidado de no dar la supervisión de este asunto a sirvientes y ayas, o de confiar demasiado en que
sus hijos lo hagan por sí solos. La madre que nunca se ocupa ella misma de esta parte importante de la vida cotidiana de su hijo no es digna de elogio. Si hay un hábito que usted mismo debe ayudar a formar, es el hábito de orar. Créame, si nunca oye usted orar a sus hijos, usted tiene mucha de la culpa. Es poco sabio como el pájaro descrito en Job: “El cual desampara en la tierra sus huevos, y sobre el polvo los calienta, y olvídase de que los pisará el pie, y que los quebrará bestia del campo. Endurécese para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano” (Job 39:1719).
La oración es, entre todos los hábitos, el que recordamos más tiempo. Muchos hombres ya con canas podrían contarle cómo su madre solía hacerlo orar en los días de su niñez. Quizá hayan olvidado otras cosas: la iglesia donde lo llevaban al culto, el pastor cuya predicación escuchaba, los amigos con quienes jugaban —todos estos, posiblemente, ya ni los recuerde, ni dejaron su marca en él. Con frecuencia podrán decirle dónde se arrodillaban y lo que le enseñaron a decir y aun el aspecto de su madre en esos momentos. Lo recordarán como si hubiera sido ayer.
Lector, si ama usted a sus hijos, le encomiendo que no deje que el tiempo de la siembra del hábito de orar pase sin haberlo atendido. Si instruye a sus hijos en algo, instrúyalos, por lo menos, en el hábito de orar.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
