Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instruya a sus hijos con la permanente convicción de que mucho depende de usted. La gracia es el más fuerte de todos los principios. Vea qué revolución causa la gracia cuando entra en el corazón de un viejo pecador, —cómo destruye los baluartes de Satanás, —cómo echa abajo las montañas, llena los valles, —endereza lo torcido, —y hace nuevo al hombre. Realmente nada es imposible para la gracia.
También la naturaleza es muy fuerte. Vea cómo lucha contra las cosas del reino de Dios, —cómo pelea contra todo intento de ser más santo, cómo sigue librando una guerra en nuestro interior hasta la última hora de vida. Sí, la naturaleza es muy fuerte.
Pero, después de la naturaleza y la gracia, sin duda no hay cosa más poderosa que la educación. Los primeros hábitos (si me permite decirlo) significan todo para nosotros, bajo Dios. Llegamos a ser lo que somos por la instrucción. Nuestro carácter toma la forma del molde en que fueron echados nuestros primeros arios. 2
Dependemos, en gran medida, de los que nos crían. Adquirimos de ellos el color, gusto, prejuicio que se nos pega más o menos toda la vida. Adoptamos el lenguaje de nuestras ayas y madres, y aprendemos a hablarlo casi sin sentirlo y, sin duda alguna, al mismo tiempo nos contagiamos de algo de sus modales, conductas y maneras de pensar. Sólo el tiempo mostrará cuánto le debemos a nuestras primeras impresiones, y cuántas cosas en nosotros pueden identificarse como semillas sembradas por los que nos rodeaban en los días de nuestra infancia.
El Sr. Locke, un erudito inglés, ha dicho: “Que de todos los hombres con quienes nos encontramos, nueve de diez son lo que son, buenos o malos, útiles o no, según su educación.”
Y todo es uno de los arreglos misericordiosos de Dios. Él da a los hijos de usted una mente que recibirá impresiones como arcilla húmeda. Les da al comienzo de la vida una disposición de creer lo que usted les dice, y de creer que es bueno lo que usted les aconseja y de confiar en su palabra en lugar de la de un extraño. Le da, en suma, una oportunidad preciosa de hacerles bien. Asegúrese de no descuidar o desaprovechar la oportunidad. Una vez que se le escapa de entre las manos, la ha perdido para siempre.
Cuídese de ese miserable error en que han caído algunos, —que los padres no pueden hacer nada por sus hijos, que no se los debe molestar, que se debe esperar la gracia y estar quieto. Estas personas tienen para sus hijos deseos como los de Balaam, —Les gustaría verlos morir la muerte del hombre justo, pero nada hacen para hacerlos vivir su vida. Desean mucho, y no tienen nada. Y el diablo se regocija al ver tal razonamiento, como siempre lo hace por cualquier cosa que parezca excusar la indolencia o promover el descuido de las cosas de Dios.
Sé que uno no puede convertir a su hijo. Sé muy bien que los que nacen de nuevo, nacen no por voluntad de hombre, sino de Dios. Pero sé también que Dios dice expresamente: “Instruye al niño en su carrera”, y que nunca ha dado al hombre un mandato sin darle la gracia para cumplirlo. Y sé, también, que nuestro deber no es quedarnos de brazos cruzados y discutir, sino marchar hacia adelante y obedecer. Sólo al marchar hacia adelante se encontrará Dios con nosotros. La senda de la obediencia es la manera como nos da su bendición. Tenemos que sencillamente hacer lo que los siervos fueron ordenados hacer en la fiesta de la boda en Caná, llenar las vasijas con agua y podemos dejar, sin titubear, que el Señor convierta el agua en vino.
Próximo capitulo en el siguiente articulo.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
