Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instruya a su hijo con toda ternura, afecto y paciencia. No quiero decir que lo ha de consentir, pero sí quiero decir que debe usted hacerle ver que lo ama.
El amor debe ser el hilo de plata que se entreteje en toda su conducta. Bondad, gentileza, mansedumbre, tolerancia, paciencia, comprensión y una disposición de ocuparse de problemas infantiles, listo para participar de alegrías infantiles —estas son las cuerdas por las cuales el niño puede ser guiado con más facilidad, —estas son las pistas que debe seguir para encontrar el camino a su corazón.
Hay pocos, aun entre los adultos, que no sean más fáciles de motivar con amabilidad que con apremiar. Está aquello en nuestra mente que se resiste contra la compulsión; damos la espalda y endurecemos la cerviz ante la mera idea de una obediencia forzada. Somos como potros en manos del domador: trátelos con suavidad y deles importancia y, con el tiempo, los puede guiar tirando de un hilo; use con ellos rudeza y violencia, y pasarán muchos meses antes de que pueda dominarlos.
Ahora bien, las mentes de los niños han sido fundidas en un molde muy similar al nuestro. La dureza y severidad en el trato les produce frialdad y rechazo. Cierra sus corazones y hace imposible encontrar la puerta para abrirlos. Pero hágales ver que siente afecto por ellos —que realmente anhela hacerlos felices y hacerles bien, —que si los castiga, es para beneficio de ellos y que, como el pelicano, daría usted la sangre de su corazón para nutrir sus almas; déjelos ver esto, digo, y pronto serán todo suyos. Pero deben ser conquistados con bondad, si es que ha de ganarse su atención.
Y por cierto que la razón misma nos enseña esta lección. Los niños son criaturas débiles y tiernas y, como tales, necesitan ser tratados con paciencia y consideración. Debemos manejarlos con delicadeza, como máquinas frágiles, no sea que por nuestro toque rudo hagamos más mal que bien. Son como plantas jóvenes, y necesitan ser regados suavemente, —con frecuencia, pero poquito por vez.
No debemos esperar todo de ellos al mismo tiempo. Tenemos que recordar que son niños, y enseñarles lo que pueden entender. Sus mentes son como un trozo de metal— no para ser forjado y hecho útil de una sola vez, sino sólo por una sucesión de pequeños golpes. Lo que pueden comprender es como una vasija de cuello angosto: tenemos que echar en ellos el vino del conocimiento gradualmente, si no, mucho se derramará y perderá. “Renglón por renglón, y precepto por precepto, un poco aquí y un poco allá” debe ser nuestra regla. La piedra de afilar hace su obra lentamente, pero la fricción frecuente afila bien la guadaña. Realmente se necesita paciencia para instruir a un niño, pero sin ella nada se logra.
Nada puede compensar la falta de esta ternura y este amor. El pastor puede hablar de la verdad que se encuentra en Jesús, con claridad, fuerza, categóricamente, pero si no habla con amor, pocas almas serán ganadas. Debe usted presentar ante sus hijos sus obligaciones, —ordene, amenace, castigue, razone— pero si falta el afecto en su trato, su obra será en vano.
El amor es el gran secreto de la instrucción exitosa. El enojo y la dureza pueden generar temor, no persuaden al niño de que usted tiene razón; y si con frecuencia ve que no controla su enojo, pronto dejará usted de contar con su respeto. El padre que habla a su hijo como le habló Saúl a Jonatán (1 Sam. 20:30), no puede pretender influir sobre su mente.
Procure diligentemente mantener el afecto de su hijo. Es peligroso hacer que sus hijos le tengan miedo. Casi cualquier otra cosa es mejor que la distancia y coacción entre su hijo y usted; y esto aparece cuando hay temor. El temor impide el actuar sin reservas; —el temor lleva a la ocultación; —el temor siembra la semilla de mucha hipocresía y lleva a muchas mentiras. Las palabras del Apóstol a los Colosenses son muy ciertas: “Padres, no irritéis a vuestros hijos, porque no se hagan de poco ánimo” (Col. 3:21). No tenga en poco el consejo que contiene.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
