La paciencia de Dios
Se ha escrito mucho menos sobre esto que sobre las otras excelencias del carácter divino. No pocos de los que se han explayado extensamente sobre los atributos divinos, han pasado por alto la paciencia de Dios sin ningún comentario. No es fácil sugerir una razón para esto porque, seguramente, la longanimidad20 de Dios es una de las perfecciones divinas, así como lo son su sabiduría, poder o santidad, y tanto como para ser admirada y venerada por nosotros. Es cierto que el término mismo no se encontrará en una concordancia con tanta frecuencia como los demás, pero la gloria de esta gracia misma brilla en casi todas las páginas de las Escrituras. Cierto es que perdemos mucho si no meditamos con frecuencia sobre la paciencia de Dios y oramos con fervor para que nuestros corazones y caminos se conformen más completamente a ella.
Lo más probable es que la razón principal por la que tantos escritores no han podido darnos nada sobre la paciencia de Dios, por separado, es a causa de la dificultad de distinguir este atributo de los atributos de la bondad y la misericordia divinas, particularmente la última. La longanimidad de Dios se menciona junto con su gracia y misericordia, una y otra vez, como se puede ver al consultar Éxodo 34:6, Números 14:18, Salmos 86:15, etc. Que la paciencia de Dios es, realmente, una muestra de su misericordia que, de hecho, es una forma en que se manifiesta con frecuencia, no se puede negar. Pero no podemos estar de acuerdo que esa paciencia y misericordia son una y la misma excelencia, y mucho menos decir que no deben separarse. Puede que no sea fácil discriminar entre ellas, sin embargo, la Escritura nos garantiza, completamente, que podemos afirmar algunas cosas sobre la una que no podemos afirmar sobre la otra.
La paciencia de Dios prevalece
Stephen Charnock, el puritano, define la paciencia de Dios, en parte, así:
“Es parte de la bondad y la misericordia divinas, pero difiere de ambas. Siendo Dios mismo la mayor bondad, tiene la mayor apacibilidad; la apacibilidad es siempre la compañía de la verdadera bondad y, cuanto mayor es la bondad, mayor es la apacibilidad. ¿Quién tan santo como Cristo y quién tan manso? La lentitud de Dios para la ira es una rama… de su misericordia: “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira, y grande en misericordia” (Sal. 145:8). Difiere de la misericordia en la consideración formal del objeto: La misericordia concierne a la criatura como miserable, la paciencia concierne a la criatura como criminal; la misericordia le compadece en su miseria y la paciencia tiene que ver con el pecado que engendró la miseria y está engendrando a más”.
Personalmente, definiríamos la paciencia divina como ese poder de control que Dios ejerce sobre Sí mismo, es aquello que le lleva a soportar a los malvados y a abstenerse tanto tiempo en castigarlos. En Nahúm 1:3, leemos: “Jehová es tardo para la ira y grande en poder”, sobre lo cual el sr. Charnock dijo:
“Los hombres que son grandes en el mundo, se apresuran a apasionarse y no están tan listos para perdonar una ofensa o soportar a un ofensor como alguien de la peor calaña. Es la falta de poder sobre el ser mismo del hombre lo que lo lleva a hacer cosas impropias cuando es provocado. Un príncipe que puede frenar sus pasiones es un rey sobre sí mismo y sobre sus súbditos. Dios es tardo para la ira porque es grande en poder. Él no tiene menos poder sobre Sí mismo que sobre sus criaturas”.
Es en el punto anterior que creemos que la paciencia de Dios se distingue más claramente de su misericordia. Aunque la criatura se beneficia de ella, la paciencia de Dios, principalmente, concierne a Sí mismo, una restricción impuesta sobre sus actos por su voluntad; mientras que su misericordia termina por completo sobre la criatura. La paciencia de Dios es esa excelencia que le hace sufrir grandes heridas sin vengarse de inmediato. Él tiene el poder de la paciencia, de la misma manera que el poder de la justicia. Así, la palabra hebrea para la longanimidad divina se traduce como “tardo para la ira” en Nehemías 9:17, Salmos 103:8, etc. No es que haya pasiones en la naturaleza divina, sino que la sabiduría y la voluntad de Dios se complacen en actuar con esa solemnidad y sobriedad propias de su excelsa majestad.
En apoyo de nuestra definición anterior, señalemos que fue a esta excelencia en el carácter divino a lo que Moisés apeló cuando Israel pecó tan gravemente en Cades-Barnea y allí provocó a Jehová tan dolorosamente. A su siervo, el Señor dijo: “Yo le heriré de mortandad, y lo destruiré”. Entonces fue que el mediador Moisés, como un tipo del Cristo venidero, suplicó: “Ahora, pues, yo te ruego que sea magnificado el poder del Señor, como lo hablaste, diciendo: Jehová, tardo para la ira” (Nm. 14:17-18). Por lo tanto, su “longanimidad” es su “poder” de dominio propio.
Nuevamente, en Romanos 9:22 leemos: “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia21 los vasos de ira preparados para destrucción?”. Si Dios rompiera, inmediatamente, estos vasos reprobados en pedazos, su poder de dominio propio no aparecería tan eminentemente; pero al soportar tanto tiempo sus maldades y dilatar el castigo, se demuestra gloriosamente el poder de su paciencia. Es cierto que los malvados interpretan su longanimidad de manera muy diferente: −“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal” (Ec. 8:11)− pero el ojo del santo adora aquello que otros abusan.
“El Dios de la paciencia” (Ro. 15:5) es uno de los títulos divinos. La Deidad se denomina a Sí mismo de esta manera, primero, porque Dios es tanto el Autor como el Objeto de la gracia de la paciencia en los santos. En segundo lugar, porque esto es lo que Él es en Sí mismo: La paciencia es una de sus perfecciones. En tercer lugar, como un modelo para nosotros: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Col. 3:12). Y de nuevo: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Ef. 5:1). Cuando sientas la tentación de disgustarte por la torpeza de otro o de vengarte de alguien que te ha hecho mal, trae a la memoria la infinita paciencia y longanimidad de Dios contigo mismo.
La paciencia de Dios: Antes y ahora
La paciencia de Dios se manifiesta en sus tratos con los pecadores. Cuán notablemente se mostró ésta hacia los antediluvianos. Cuando la humanidad estaba universalmente degenerada y toda carne había corrompido su camino, Dios no los destruyó hasta cuando los advirtió. “Esperaba la paciencia de Dios” (1 P. 3:20), probablemente, no menos de 120 años (Gn. 6:3), tiempo durante el cual Noé fue un “pregonero de justicia” (2 P. 2:5). Entonces, más tarde, cuando los gentiles, no sólo adoraban y servían a la criatura antes que al Creador, sino que también cometían las abominaciones más viles y contrarias, incluso, a los dictados de la naturaleza (Ro. 1:19-26) y así, colmaban la medida de su iniquidad, sin embargo, en lugar de desenvainar su espada para el exterminio de tales rebeldes, Dios “ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos” y les dio “lluvias del cielo y tiempos fructíferos” (Hch. 14:16-17).
La paciencia de Dios fue ejercida y manifestada maravillosamente hacia Israel. En primer lugar, soportó sus costumbres durante cuarenta años en el desierto (Hch. 13:18). Más tarde, cuando entraron en Canaán, pero siguieron las malvadas costumbres de las naciones que los rodeaban y se volvieron hacia la idolatría, aunque Dios los castigó dolorosamente, no los destruyó por completo, sino que, en su angustia, les levantó libertadores. Cuando su iniquidad se elevó a tal altura que nadie más que un Dios de paciencia infinita podría haberlos soportado, los libró por muchos años antes de permitir que los llevaran a Babilonia. Finalmente, cuando su rebelión contra Él alcanzó su punto culminante al crucificar a su Hijo, esperó cuarenta años antes de enviar a los romanos contra ellos y eso, sólo después de que ellos mismos se juzgaron indignos de la vida eterna (Hch. 13:46).
Qué maravillosa es la paciencia de Dios con el mundo de hoy. Por todos lados, la gente está pecando a manos llenas. La Ley divina es pisoteada y Dios mismo es despreciado abiertamente. Es realmente asombroso que Él no mate al instante a aquellos que lo desafían con tanto descaro. ¿Por qué no corta repentinamente al arrogante infiel y al blasfemo descarado como hizo con Ananías y Safira? ¿Por qué no hace que la tierra abra su boca y devore a los perseguidores de su pueblo para que, como Datán y Abiram, desciendan vivos al abismo? ¿Y qué hay de la cristiandad apóstata donde ahora se toleran y practican cada forma posible de pecado al amparo del santo nombre de Cristo? ¿Por qué la justa ira del cielo no pone fin a tales abominaciones? Sólo es posible una respuesta: Porque Dios soporta “con mucha paciencia los vasos de ira, preparados para destrucción”.
¿Y qué hay del escritor y el lector? Revisemos nuestras propias vidas. No ha pasado mucho desde que nosotros fuimos hacedores de maldad, cuando no nos importaba la gloria de Dios y vivíamos sólo para la propia gratificación. ¡Cuán pacientemente Él soportó nuestra vil conducta! Y ahora que la gracia nos ha arrebatado del fuego como a tizones encendidos, nos ha dado un lugar en la familia de Dios y nos hizo renacer para una herencia eterna en gloria, cuán miserablemente le retribuimos. ¡Cuán superficial es nuestra gratitud, cuán tardía es nuestra obediencia, cuán frecuentes son nuestras recaídas! Una razón por la cual Dios permite que la carne permanezca en el creyente es porque puede mostrar que Él es “paciente para con nosotros” (2 P. 3:9). Dado que este atributo divino se manifiesta sólo en este mundo, Dios aprovecha para desplegarlo hacia “los suyos”.
La escuela de la santa experiencia
Que nuestra meditación sobre esta excelencia divina ablande nuestros corazones, haga nuestras conciencias tiernas y que podamos aprender en la escuela de la santa experiencia, la “paciencia de los santos”, es decir, la sumisión a la voluntad divina y la perseverancia en hacer el bien. Busquemos, fervientemente, la gracia para imitar esta excelencia divina. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). En el contexto inmediato de este versículo, Cristo nos exhorta a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer el bien a los que nos odian. Dios soporta mucho a los impíos, a pesar de la multitud de sus pecados, entonces ¿desearemos vengarnos nosotros por una sola ofensa?
