Instruye al niño en su carrera: Aun cuando fuere viejo no se apartará de ella. Proverbios 22:6
Instrúyalos con un temor constante a los excesos. Éste es el punto que más tiene que vigilar. Es natural ser tierno y afectuoso para con su propia carne y sangre, y es el exceso de esta ternura y afecto lo que debe temer.
Cuídese de que no lo cieguen a las faltas de sus hijos o lo hagan sordo a todos los consejos sobre ellos. Cuídese de que no le hagan pasar por alto la mala conducta, por no sentir el dolor de tener que castigarlos y corregirlos.
Sé muy bien que el castigo y la corrección son cosas desagradables. Nada es más molesto que causarles dolor a los que amamos, y hacerlos llorar. Pero mientras los corazones sean lo que son, es inútil suponer, como regla general, que los hijos pueden ser criados sin ser corregidos.
Consentir es una palabra muy expresiva y, lamentablemente, llena de significado. Ahora bien, la manera más fácil de consentir a los hijos es dejar que se salgan con la suya, —dejarlos hacer lo incorrecto y no castigarlos por ello. Créame, no lo haga, sea cual fuere el dolor que a usted la cause a menos que quiera arruinar el alma de sus hijos.
No puede usted decir que las Escrituras no tratan expresamente este tema:
“El que detiene el castigo, a su hijo aborrece: mas el que lo ama, madruga a castigarlo” (Prov. 13:24). “
Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se excite tu alma para destruirlo” (Prov. 19:18).
“La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la
corrección la hará alejar de él” (Prov. 22:15).“No rehuses la corrección del muchacho: porque si lo hirieres con vara, no morirá. Tú lo herirás con vara, y librarás su alma del infierno” (Prov. 23:13, 14).
“La vara y la corrección dan sabiduría: mas el muchacho consentido avergonzará a su madre.” “Corrige a tu hijo, y te dará descanso, y dará deleite a tu alma” Prov. 29:15, 17).
¡Qué fuertes y contundentes son estos pasajes! ¡Qué triste es el hecho de que muchas familias cristianas parecen desconocerlos! Sus hijos necesitan reprensión pero raramente la reciben; necesitan corrección, pero rara vez se usa.
Este libro de Proverbios no es obsoleto e inadecuado para los cristianos. Fue dado por inspiración de Dios, y es útil. Nos ha sido dado para que aprendamos, tal como nos fueron dadas las epístolas a los Romanos y Efesios. Es seguro que el creyente que cría a sus hijos sin atender su consejo pretende ser más sabio que lo que allí está escrito, y se equivoca por mucho.
Padres y madres, se los digo directamente: si nunca castigan a sus hijos cuando han faltado en algo, les están haciendo un mal terrible. Les advierto que ésta es la piedra con las que han tropezado los santos de Dios de todas las épocas causando desastres. Les insto a ser sabios a tiempo, y que la eviten.
Vean el caso de Elí. Sus hijos Ophni y Phinees “se han envilecido, y él no los ha estorbado”. Apenas si les dio una débil y tibia reprimenda, cuando debió haberles reprendido fuertemente. O sea que honró a sus hijos más que a Dios. ¿Y cuál fue el resultado final? Vivió para oír de la muerte de sus dos hijos en batalla, y fue con aflicción a su sepulcro (1 Sam. 2:22-29, 3:13).
Vean también el caso de David. ¿Quién puede leer sin dolor la historia de sus hijos y de sus pecados? El incesto de Amnón, —el homicidio que cometió Absalón y su orgullosa rebelión, —la ambición maquinadora de Adonía: éstas fueron heridas realmente dolorosas que tuvo que recibir de su propia familia el hombre según el corazón de Dios. Pero, ¿tenía él algo de la culpa? Me temo que sin duda sí. Encuentro la clave de todo en el relato de Adonía en 1 Reyes 1:6: “Su padre nunca lo entristeció en todos sus días con
decirle: ¿Por qué haces así?” Ese fue el fundamento de todo el problema. David era un padre demasiado indulgente, —un padre que dejaba que sus hijos hicieran lo que se les ocurría, —y cosechó lo que había sembrado.
Padres, les ruego, por sus hijos, que tengan cuidado de no ser demasiado indulgentes. Les insto que recuerden que su primer deber es reflexionar sobre lo que a ellos realmente les conviene, y no sus antojos y gustos; — instruirlos, no consentirlos — beneficiarlos, no meramente complacerlos.
No deben ceder a cada deseo y capricho que se le ocurre a su hijo, no importa cuánto lo amen. No deben dejarle suponer que su voluntad es suprema, y que no tiene más que desear algo y será hecho. Les ruego que no conviertan a sus hijos en ídolos, no sea que Dios se los lleve y rompa sus ídolos, aunque sea para convencerles de su necedad.
Aprendan a decirle “No” a sus hijos. Muéstrenles que pueden negarles lo que no consideran adecuado para ellos. Muéstrenles que están listos para castigar la desobediencia, y que cuando hablan de castigo, no sólo están listos para amenazar, sino también para cumplir. No amenacen demasiado.
La gente amenazada y las faltas amenazadas, tienen larga vida. Castiguen con poca frecuencia, pero háganlo de verdad y en serio, —El castigo frecuente y leve es de veras un sistema espantoso.
Cuídense de no pasar por alto las faltas pequeñas, con la idea de que “es insignificante”. No hay insignificancias en la instrucción de los hijos; todas son importantes. Las malezas pequeñas tienen que ser arrancadas como cualquier otra. No las tenga en cuenta y pronto serán grandes.
Lector, si algún punto merece su atención, créame, es éste. Es uno que le causará problemas, lo sé. Pero si no se ocupa de los problemas de sus hijos cuando son chicos, le causarán problemas cuando sean grandes. Escoja cuál prefiere.
Tomado de: Los deberes de los padres de J.C. Ryle.
