La bondad de Dios revelada
“La misericordia de Dios es continua” (Sal. 52:1). La bondad de Dios se refiere a la perfección de su naturaleza: “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1:5). Hay una perfección tan absoluta en la naturaleza y en el ser de Dios que nada le falta o es defectuoso, y no se le puede agregar nada para mejorarla.
“Él es originalmente bueno, bueno en Sí mismo, como nadie más lo es; porque todas las criaturas son buenas solamente por participación y comunicación de la bondad de Dios. Él es esencialmente bueno; no sólo bueno, sino la bondad misma: La bondad de la criatura es una cualidad añadida, pero en Dios es su esencia. Él es infinitamente bueno; la bondad de la criatura no es más que una gota, pero en Dios es un océano infinito repleto del bien. Él es eterna e inmutablemente bueno porque Él no puede ser menos bueno de lo que es; como no se le puede agregar nada, así tampoco se le puede quitar nada”19.
Dios es summum bonum, esto es, el bien supremo.
El significado sajón original de nuestra palabra inglesa God (Dios) es “el Bueno” (Good). Dios, no sólo es el más grande de todos los seres, sino el mejor. Toda la bondad que hay en cualquier criatura, le ha sido impartida por el Creador, pero la bondad de Dios no es derivada de ningún otro porque es la esencia de su naturaleza eterna. Como Dios es infinito en poder desde toda la eternidad, antes de que hubiera alguna demostración del mismo o cualquier acto de omnipotencia presentado, así mismo, Él era eternamente bueno antes de que hubiera cualquier comunicación de su generosidad o cualquier criatura a quien pudiera ser impartida. Así, la primera manifestación de esta perfección divina fue darle el ser a todas las cosas. “Bueno eres tú, y bienhechor” (Sal. 119:68). Dios tiene en sí, un tesoro infinito e inagotable de toda bendición, suficiente para llenar todas las cosas.
Todo lo que emana de Dios −sus decretos, su creación, sus leyes, sus providencias− no puede ser sino bueno. Como está escrito: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gn. 1:31). Así, la bondad de Dios se ve, primero, en la creación. Cuanto más se estudia la criatura, más se hace evidente la bondad de su Creador. Tomemos a la más alta de las criaturas terrenales creada por Dios −el hombre−. Tendríamos abundante razón para decir junto con el salmista: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien” (Sal. 139:14). Todo sobre la estructura de nuestros cuerpos atestigua la bondad de su Hacedor. ¡Cuan adecuadas son las manos para realizar su trabajo asignado! ¡Qué bondad de parte del Señor designar el sueño para refrescar el cuerpo cansado! ¡Qué benevolente su provisión para dar a los ojos párpados y cejas para su protección! Y así podríamos continuar indefinidamente.
La bondad del Creador tampoco se limita al hombre; sino que se ejerce hacia todas sus criaturas. “Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo. Abres tu mano, y colmas de bendición a todo ser viviente” (Sal. 145:15-16). Se podrían escribir volúmenes enteros, sí, para amplificar este hecho. Ya se trate de las aves del cielo, las bestias del bosque o los peces en el mar, se han suministrado abundantes provisiones para satisfacer todas sus necesidades. Dios “da alimento a todo ser viviente, porque para siempre es su misericordia” (Sal. 136:25). Verdaderamente, “de la misericordia de Jehová está llena la tierra” (Sal. 33:5).
La bondad de Dios se ve en la variedad de placeres naturales que ha provisto para sus criaturas. Dios podría haber estado complacido de satisfacer nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestros paladares, ¡cómo aparece su benevolencia en los variados sabores que ha dado a las carnes, verduras y frutas! Dios, no sólo nos ha dado sentidos, sino también aquello que los complace; y esto también revela su bondad. La tierra podría haber sido tan fértil como lo es sin que su superficie fuera tan deliciosamente variada. Nuestra vida física podría haberse sostenido sin hermosas flores para deleitar nuestros ojos con sus colores o nuestras fosas nasales con sus dulces perfumes. Podríamos haber caminado por los campos sin que nuestros oídos fuesen saludados por la música de los pájaros. ¿De dónde, entonces, esta belleza, este encanto tan libremente difundido sobre la faz de la naturaleza? En verdad, las tiernas misericordias del Señor son “sobre todas sus obras” (Sal. 145:9).
La bondad de Dios se ve en que, cuando el hombre transgredió la Ley de su Creador, no comenzó de inmediato una dispensación de pura ira. Bien podría Dios haber privado a sus criaturas caídas de cada bendición, cada consuelo, cada placer. En cambio, introdujo un régimen de naturaleza mixta, de misericordia y de juicio. Esto es muy maravilloso si se considera debidamente, y cuanto más se examine dicho régimen, más parecerá que “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg. 2:13). A pesar de todos los males que acompañan a nuestro estado caído, el equilibrio con el bien predomina en gran medida. Con excepciones relativamente raras, los hombres y las mujeres experimentan una cantidad mucho mayor de días de salud que de enfermedad y dolor. En el mundo, hay mucha más felicidad en las criaturas que miseria. Incluso para nuestras penas hay considerable alivio y Dios le ha dado a la mente humana una flexibilidad que se adapta a las circunstancias y las aprovecha al máximo.
Tampoco se puede poner en tela de juicio la benevolencia de Dios porque exista el sufrimiento y la tristeza en el mundo. Si el hombre peca contra la bondad de Dios, si “menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad” (Ro. 2:4-5) y si, además, por su dureza y su corazón no arrepentido, atesora para él mismo ira, para el día de la ira, ¿quién tiene la culpa sino él mismo? ¿Sería Dios “bueno” si no castigara a quienes usan mal sus bendiciones, abusan de su benevolencia y pisotean sus misericordias? Cuando libere a la tierra de aquellos que violaron sus leyes, desafiaron su autoridad, se burlaron de sus mensajeros, despreciaron a su Hijo y persiguieron a aquellos por quienes murió, no será un simple reflejo de la bondad de Dios, sino más bien el más brillante ejemplo de ella.
La bondad de Dios apareció más ilustremente cuando envió a su Hijo “nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gá. 4:4-5). Entonces fue que una multitud de las huestes celestiales elogió a su Hacedor y dijo: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lc. 2:14). Sí, en el Evangelio, la gracia [que es la palabra griega que transmite la idea de benevolencia o bondad], esta “gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tit. 2:11). Tampoco se puede poner en tela de juicio la benignidad de Dios porque no ha hecho que toda criatura pecadora sea objeto de su gracia redentora. No la otorgó a los ángeles caídos. Si Dios hubiera dejado a todos perecer, no habría sido un reflejo de su bondad. A cualquiera que cuestione esta declaración, le recordaremos la prerrogativa soberana de nuestro Señor: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?” (Mt. 20:15).
Alabado sea el Señor por su bondad
“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Sal. 107:8). La gratitud es la justa retribución requerida a aquellos que fueron beneficiados; sin embargo, a menudo le es negada a nuestro gran Benefactor, simplemente porque su bondad es tan constante y abundante. Se estima ligeramente porque se ejerce hacia nosotros en el curso común de los acontecimientos. No se siente porque la experimentamos a diario. “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad?” (Ro. 2:4). Su bondad es “menospreciada” cuando no se muestra como un medio para llevar a los hombres al arrepentimiento, sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos con respecto a la suposición de que Dios pasa por alto completamente su pecado.
La bondad de Dios es la vida de la confianza del creyente. Es esta excelencia en Dios, la que más atrae a nuestros corazones. Debido a que su bondad permanece para siempre, nunca debemos desanimarnos: “Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían” (Nah. 1:7).
“Cuando los demás se portan mal con nosotros, esto solamente debería movernos de todo corazón a dar gracias al Señor porque Él es bueno; y cuando somos conscientes de que estamos lejos de ser buenos, sólo debemos bendecirle con más reverencia por ser tan bueno. Nunca debemos tolerar la incredulidad momentánea con respecto a la bondad del Señor; cualquier otra cosa puede cuestionarse, pero esto es absolutamente cierto, que Jehová es bueno; que sus dispensaciones pueden variar, pero su naturaleza es siempre la misma” (C.H. Spurgeon).
