Lectura Bíblica: Deuteronomio 8:1–20
Ayuda:
Jesús citó el versículo 3 cuando el diablo le tentó para que convirtiera las piedras en pan (Mateo 4:4).
Muchas personas piensan que la vida se basa en satisfacer sus apetitos. Si pueden ganar suficiente dinero para vestir, comer y jugar con estilo, creen que están viviendo «la buena vida». Pero esas cosas materiales no satisfacen nuestros anhelos más profundos. Al final nos dejan vacíos e insatisfechos.
La verdadera vida, según Moisés, viene del compromiso total con Dios y de vivir según cada palabra que viene de él. ¿Cómo podemos vivir según su palabra?
- Reconocer nuestra necesidad de ella.
- Aceptar que sólo Dios puede satisfacernos de verdad.
- Orar pidiendo la guia, la sabiduría y la dirección de Dios mientras leemos.
- Degustar la relación que tienes con Dios por la fe en Cristo.
- Practicar lo que te enseña.
Y en todo: Acuerdate del Señor siempre! Solemos dar por sentada la protección y bendición de Dios. Rara vez nos damos cuenta o agradecemos a Dios cuando nuestro nuestra ropa no se rompe o nuestras herramientas no se estropean. Parece que el pueblo de Israel tampoco se dio cuenta, porque ni siquiera se dio cuenta de que en 40 años de vagar por el desierto, su ropa no se había desgastado y sus pies no se habían ampollado ni hinchado. Así, no se acordaron de dar gracias a Dios por estas bendiciones.
¿Qué te ha estado funcionando bien? ¿Qué te ha prestado un buen servicio? ¿Qué ha durado mucho tiempo sin estropearse? Acuérdate de dar gracias a Dios por estas bendiciones silenciosas.
El verso 10 se cita tradicionalmente como la razón por la que damos las gracias antes o después de las comidas. Su propósito, sin embargo, era advertir a los israelitas de que no se olvidaran de Dios cuando sus necesidades y deseos estuvieran satisfechos. Que tus oraciones en la mesa te sirvan de recordatorio constante de la bondad del Señor para contigo y de tu deber para con los menos afortunados.
En tiempos de abundancia, a menudo nos atribuimos el mérito de nuestra prosperidad y nos enorgullecemos de que nuestro propio trabajo e inteligencia nos hayan hecho ricos. Es fácil estar tan ocupados acumulando y administrando riquezas que apartamos a Dios de nuestras vidas. Pero es Dios quien nos da todo lo que tenemos, y es Dios quien nos pide que lo administremos para Él.
