Lectura Bíblica: Jeremías 9:17–26
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Tendemos a admirar tres cosas de los demás: la sabiduría, el poder y las riquezas. Pero Dios da más prioridad a conocerle personalmente y a vivir una vida que refleje su justicia, rectitud y amor.
El alabarse a uno mismo es parte de la naturaleza humana caída. Esa soberbia brota del orgullo. Tenemos la tendencia a olvidarnos de Dios y a atribuirnos el mérito por todas las cosas. Aquí el Señor nos advierte contra esta jactancia.
Ningún sabio se debe enorgullecer de su sabiduría, porque no es por nuestra sabiduría que encontraremos la debida relación con Dios. El fuerte no se debe enorgullecer de su fuerza, porque sin Dios no tiene ninguna. El rico no se debe jactar de su riqueza, pues es un regalo de Dios. Cuando usamos nuestros dones sólo para nuestro beneficio nos olvidamos de Dios, que es el Dador de esos dones.
Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová. [Jer. 9:24]
Sólo nos podemos jactar de Dios. En una ocasión, Moisés le pidió a Dios que le permitiera verlo en toda su gloria. La respuesta de Dios fue mostrarle a Moisés su bondad y proclamarle su nombre, porque Dios se ha dado a conocer por medio de su nombre. Conocer el nombre de Dios es conocer la plenitud de la misericordia y de la gracia del Señor.
Conocer su nombre es conocer a Cristo y confiar en él como el Salvador. En eso radica la verdadera sabiduría, la fortaleza y la riqueza. Por eso Pablo confesó:
Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. [Gálatas 6:14 ]
Este gloriarse es una confesión de que vivimos por la gracia de Dios, y de que cualquier cosa que tengamos o que seamos solamente se debe a su gracia.
¿Qué quieres que la gente admire más de ti?
