Lectura Bíblica: Fil. 2 (v. 5-8)
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Nuestro Señor Jesucristo era humilde, dispuesto a renunciar a sus derechos para obedecer a Dios y servir a los demás. La Encarnación fue el acto del Hijo Eterno de Dios que asumió voluntariamente un cuerpo humano y una naturaleza humana. Sin dejar de ser Dios, se convirtió en un ser humano, el hombre llamado Jesús.
Jesús no renunció a su divinidad para hacerse humano, pero dejó a un lado el derecho a su gloria y poder. Lo hizo en sumisión a la voluntad del Padre, limitó su poder y su conocimiento humano. Jesús de Nazaret estaba sujeto al lugar, al tiempo y a muchas otras limitaciones humanas.
Lo que hizo única su humanidad fue su ausencia de pecado. Jesús es Santo, puro, sin pecado alguno, más puro que los mismos cielos! Y en su plena humanidad perfecta y santa, Jesús nos mostró todo lo que el carácter de Dios puede transmitir en términos humanos. Jesús es la perfecta imagen visible del Dios invisible!
Como Cristo, debemos tener una actitud de siervo, sirviendo por amor a Dios y a los demás. Recuerda, puedes elegir tu actitud. Puedes acercarte a la vida esperando ser servido, o puedes buscar oportunidades para servir a los demás.
Como Cristo es santo, así nosotros debemos buscar la santidad. Solo Cristo es sin pecado, ahora sus hijos, es decir el pueblo escogido por Dios, somos llamados a ser santos como Cristo. Tenemos una lucha irreconciliable contra el pecado mientras estemos en este mundo y en este cuerpo, pero un día seremos perfeccionados y seremos como Cristo: puros, santos!
